La economía se volvió muy rara a partir del momento en que descubrimos que por vender un bien o un servicio útiles se cobran unos pocos euros, mientras que no sé si apoyados en Freud o en Jung, se comprueba que revientas la pana si te ofreces a satisfacer una fantasía y no digamos un delirio. Con lo bien que estábamos con el honesto representante catalán de toda la vida, pongamos a Josep Maria de Parés Baltà, Penedès, a quien conocí en Alicante, y no paró hasta colocarme una caja de seis botellas, cien euros, trato familiar, beneficio indiscutible para ambas partes: el vino está riquísimo.
Dicen que durante meses se vendieron muy pocos coches, pero yo hube de esperar seis meses al mío, alemán, por supuesto. En la concesionaria se justifican diciendo que se fabrica a petición personal, a mi medida como quien dice, cosa rara pues la cadena de montaje –con robots o trabajadores– lleva tiempo inventada y yo no he pedido asientos forrados de piel de ciervo, ni siquiera pedales adaptados a mi talla, me estiro un poco que es muy sano. Cuando fui a recoger mi vehículo «rojo tornado» escuché al vendedor rumiar no sé qué cosa del certificado de empadronamiento. Confieso que me eché a temblar: detrás del certificado de empadronamiento viene la fe de bautismo y el certificado de penales. Se refería a otro cliente, pero, como es obvio, no me quedé tranquilo. ¿Piden esas cosas?
Ya no contesto a las llamadas con número privado o promovidas por un organismo cibernético (cyborg), cuando quiero rayarme leo a Philip K. Dick. Las empresas de telefonía son mucho más enigmáticas que la Sibila: premian la infidelidad, te ofrecen un montón de servicios no solicitados excepto aquel que se te ocurre demandar con un resultado conocido: andan desaparecidas en combate (con la competencia). Últimamente, gasistas y eléctricas han copiado el sistema puerta a puerta de los mormones pero, hablando de delirios, yo tengo el mío: estoy ocupado tratando de edificar algo en el papel volandero.