La integridad en un gran hombre es cosa cada vez más rara. Hablo de gran hombre en sentido cuantitativo: metros cuadrados de presencia en los medios. El gran hombre necesita un buen armario de discursos, como se tiene un vestuario. Aquí se dice una cosa, allí otra, según momento, circunstancia, auditorio. Al partirse en varios discursos, el gran hombre gana extensión, pero pierde integridad. Obama acaba de dar en Oslo una soberbia lección de integridad, al defender, mientras recogía el Nobel de la Paz, que una guerra puede ser justa. Más allá de que se comparta o no la idea, su valor cívico, la entereza para sostener su verdad, sin gota de hipocresía, ratifica el acierto de quienes le otorgaron el Nobel. La presencia de un hombre sin doble discurso en el puesto de máximo poder del mundo es lo más parecido a una estrella de Navidad.