Hubo ayer un dirigente del PP, que suele sentarse a la diestra de Alfonso Rus, crítico con el despliegue cívico y académico en torno a Raimon: la Universitat de Valencia homenajeó al cantautor surgido de sus mismas aulas hace ya –¡ay!– medio siglo. Hubo otra cabeza visible del PP, hoy instalado en el firmamento estelar, que elogió la consideración del orbe ilustrado con el «tenor» de Xàtiva, por denominarlo con la vitriólica ironía de Fuster. Raimon no era Caruso, en efecto, y un cantante había de acoger, entre la garganta y el pulmón, registros excelsos, énfasis prodigiosos, además de una técnica cristalina. El cantautor se podía permitir otras licencias y amparar bajo el manto ideológico o la melodía pegadiza enormes atentados contra el arte sublime. Cuatro rasguños en la guitarra, tres acordes y a rodar. Es lo que, en otros tiempos, se llamaba «arte útil». No sé ahora.
Entre un dirigente del PP y otro media un abismo. El que transita entre dos culturas. Y el caso es que conviven en el PP sin ponerse de acuerdo. El PP valenciano arrastra un legado personal de referencias insólitas: del Opus Dei a la Guardia Roja, del catolicismo ortodoxo al marxismo-leninismo. Cuando se trata de emitir doctrina, triunfa, no hará falta insinuarlo, la escolástica tradicional bajo palio. Es el «drama» de la derecha española, a diferencia de las derechas occidentales, y la «tragedia» de la valenciana, que aquí se empapa del rasgo regionalista. Un cóctel explosivo de enormes réditos electorales pero de fracturas colosales con la modernidad, el laicismo y las conquistas civiles que bañan el designado (en años más felices) balneario europeo. Cualquier aproximación hacia los campos de la izquierda valencianista provoca monstruos en el «otro» PP, el que tiene la sartén por el mango.
¿Pero y si se dilatara el PP y se aproximara hacia lo que significa Raimon? No digo que tolerara ese tipo de expresiones. Lo hace, como es su obligación. El fenómeno arrastra a una mayoría de la clase intelectual valenciana e impregna a las formaciones de izquierda. De la reprobación en privado a la condena en público hay un universo. Tampoco digo que el PP las asintiera. Sólo que buscara elementos de acercamiento, de distensión, de encuentro atento y reconocimiento cívico. Imposible. Ahí está el caso de TV3 para «engordar» a la derecha regionalista –aunque el «caso» poco tenga que ver con las universidades y Raimon– y evidenciar el divorcio lacerante y permanente.
Y, sin embargo, al PP le falta ese lado del prisma para totalizar su hegemonía social. Un PRI a la valenciana. Posee la política, del centro a la derecha, en sus múltiples expresiones. Le falta pescar en otros caladeros: los del centro izquierda. Y esos márgenes otorgan servicios inmensos, más allá de los electorales. Dan prestigio intelectual –el que le falta al PP–, facilitan la abdicación de la autocomplacencia –de la que va sobrado– y regalan un conjunto de mitos distintos a los suyos, lo que es higiénico.
Naturalmente, al solemne acto de la Universitat no acudió nadie del Consell, ni siquiera para dejar un gesto cómplice y respetuoso, de posibles convergencias futuras. Por el contrario, legitimó la separación entre dos mundos. Quizás cohabiten en el PP; en sus afueras, no.