Aquí nunca se dirá a Rouco lo que debe hacer, pues para ser cardenal hay que hacer mucha carrera. Podemos, sí, valorar su decisión de meter las manos en el peor nido del avispero eclesial vasco. Aunque se piensa que es para poner coto a la connivencia de buena parte del clero con el nacionalismo radical, incluso el que vuela personas y cosas, esto parece simplista. El clero vasco ha sido siempre muy nacionalista, y hasta núcleo duro del nacionalismo, pero la Iglesia ha sabido comprender esta pasión fatal, que le asegura una gran adherencia social en la católica Euskadi. Lo que no se puede consentir, y obliga a meter un artificiero en el palacio episcopal de Donosti, es la permisividad del muy católico PNV con el aborto, última voladura de la ecuación sexo=procreación. Por decirlo de otro modo, a la Iglesia siempre le ha preocupado más un centro de planificación familiar que una ikastola.