La noticia de que el palacete de Jaume Matas contenía un único baño turco –como cualquier vivienda de protección oficial– puede transmitir desánimo a quienes lo imaginaban envuelto en lujo asiático. Sólo la degradación moral que se ha adueñado de la prensa explica que se escamotee el verdadero titular: «Media docena de cuartos de baño del palacete carecen de baño turco, aunque todos tienen escobillas de 350 euros.» Nos hallamos sin duda ante el president más higiénico de la historia, incluso futura, de Balears. Es el Michael Jackson mallorquín, el hombre que nunca se contagiará de la gripe A.
Cuando pensábamos que nada podía empeorar nuestro juicio político sobre Matas, el veredicto doméstico ha sido más demoledor que sus andanzas en el poder o en Moscú. El baño turco no debe considerarse un aditamento superfluo, sino una experiencia esencial para endurecer el ánimo de un líder espartano. Aparte de que un president bien sudado afronta con mayor eficacia su abnegada labor. Por ello, se puede plantear legítimamente si hubiera sido más adecuado instalar las saunas en la zona presidencial del Consolat de la Mar, una vez que el juzgado está investigando si todo salía de los mismos bolsillos. Claro que si a Antich le hubieran dicho que tenía un turco en su despacho, lo hubiera nombrado conseller. De Turismo.
Matas al baño turco –de Louis Vuitton, porque su esposa y alto cargo de Esperanza Aguirre no aceptaría otra marca– explica la liquidez infinita del ex president y el acaloramiento de su discurso durante la pasada legislatura. Los analistas más avezados nos obsesionábamos en desentrañar las raíces de tanta fogosidad, cuando se trataba de una simple descompensación térmica. El palacete de los billetes de 500 euros esconde todavía numerosos secretos, pero enseña sobre todo que ser un nuevo rico de nada sirve, si no puedes exhibirlo. En su fachada de San Felio debería lucir el lema heráldico ciceroniano «Turpitudo peius est quam dolor», donde turpitudo no es torpeza, como le aclarará su profesor de latín.