Hay situaciones en las que uno debe felicitarse por la ciudad en la que vive. Y la apertura del jardín arqueológico de Viveros, donde se integran los restos del Palau Reial, es una de éstas. La intervención modélica desde el punto de vista técnico ha contado con la participación de las administraciones públicas en un sano ejemplo de colaboración, aunque en este caso, se debe felicitar expresamente al Ayuntamiento de Valencia por haber tomado la valiente y necesaria decisión de introducir el proyecto en la relación de fondos susceptibles de ser financiados con el Plan E del Gobierno central. A partir del momento en el que el proyecto fue seleccionado, comenzó una de las operaciones más emblemáticas y complicadas de la arqueología urbana valenciana: la recuperación de los restos (¡y de la memoria!) del Palacio Real en un período de tiempo cortísimo para lo que suele ser habitual, apenas seis o siete meses. Supervisada con tino y entusiasmo por arqueólogos municipales del SIAM que dirige Albert Ribera, el resultado está a la vista de todos. Buen trabajo también de la empresa que resultó contratada, EMR.
La ciudad de Valencia recobra así una parte de su memoria y ofrece al resto de la Comunitat una porción robada (demolida más bien) de su historia. Los soleados domingos, las largas tardes de verano, los puntuales paseos a media mañana por el río o por Viveros cuentan, a partir de ahora, con una nueva cita: la visita a los restos del Palacio Real, un símbolo de la historia de los valencianos demasiado olvidada. Junto a las ruinas, un pequeño centro de interpretación explicará la historia del lugar y de sus principales episodios. Pero no nos podemos quedar aquí.
El Ayuntamiento de Valencia, la Universitat de València, la Generalitat deberían impulsar la conmemoración de los doscientos años de la destrucción del palacio (1810-2010) dando un paso más. Valencia se merece no dejar pasar la oportunidad del bicentenario: tal vez se debería completar la intervención arqueológica con una segunda fase más modesta, así como una iluminación nocturna adecuada al entorno, al tiempo que promover una publicación y una exposición que recoja paso a paso la crónica de la excavación, los materiales hallados. Además, se debería ofrecer una nueva visión de conjunto del complejo palatino (sumando las campañas de la calle General Elío con las actuales) y que profundizara en la historia del palacio (su pasado árabe y cristiano, las intervenciones de los reyes de la Corona de Aragón, su papel artístico) mostrando de forma específica los episodios que vivió ese ilustre inmueble hasta el desgraciado episodio bélico que acabó con él: la invasión napoleónica y la desgraciada decisión de los defensores de derribar el que, tal vez, era el mejor edificio de la ciudad.
Se ha hecho ya lo más difícil. Y estamos de enhorabuena. Ahora queda lo más sencillo. Aprovechemos la llegada de 2010, cuando se cumplirán los doscientos años de la desaparición del palacio, para hablar también de aquel momento, de los terribles momentos que atravesó la ciudad, del heroísmo de la gente, de la miseria de la guerra, de la revolución liberal y del nuevo siglo que nacía con tantas esperanzas en un parto atroz: la guerra napoleónica. 1810 cambió a Valencia. No sólo por el derribo de uno de sus emblemas, que ahora se recupera, sino porque metió literalmente a la ciudad en los turbulentos vientos de la historia que soplaban en Europa. Valencia se incrustaba en la geopolítica europea y ya no ha dejado de estar ligado a ella. No deberíamos dejar pasar la oportunidad de evocar aquellos tiempos y de integrarlos con los resultados ofrecidos por la modélica intervención ahora finalizada.
Profesor de Geografía Urbana de la Universitat de València