Ella me devuelve la llamada tres días después, porque «ayer miré los mensajes atrasados». Le recuerdo que eso nos abre un agujero negro de dos días vacíos, me rebate que «es un tiempo que me he dedicado a mí misma, sin interferencias». La envidio profundamente, pero no podría imitarla porque dejar de vivir a remolque de los acontecimientos produce vértigo. La plenitud tecnológica nos ha facilitado la complicación de la existencia, hemos aprendido a pasar 24 horas diarias huyendo de nosotros mismos. El mejor regalo que podrían hacerte sería un día para ti, pero necesitarían dos correos y llamadas para anunciártelo, otra media docena para interrumpir la jornada y saber cómo te desenvuelves a solas, y una tercera tanda para felicitarte por haber culminado la arriesgada experiencia.
Ha pasado una eternidad desde que escuché a alguien presumir de que «tengo ganas de hacer lo que estoy haciendo ahora, y lo que haré después». La sobrecarga voluntaria nos obliga a vivir a contrapié, con los compromisos perfectamente ordenados para conducirnos al desastre. Los adminículos que deberían garantizarnos una confortable soledad –ordenador y móvil– han infectado nuestro egoísmo de sujeciones tribales. Somos solidarios forzosos, comunicando continuamente. El silencio es un abismo insoportable entre dos llamadas, con angustia creciente si la segunda se retrasa. El agónico «¿hacemos algo?» se traduce por «no sabemos qué hacer».
Nunca estás a solas. Los genios –y no estoy señalando– han desaparecido por falta de concentración. Si te atreves, regálate un día para ti, en que tomes por una vez las riendas de tu peripecia. Sería tan beneficioso como un ayuno pero, nada más escuchar la propuesta, ya estás buscando una excusa porque te falta la respiración. Por ejemplo, qué será de tu compromiso inaplazable con las diez personas que te llaman a diario para preguntarte «¿estás ahí?». (Durante la confección de este artículo, he sido interrumpido cada dos minutos. Sí, ya sé que se nota.)