El pasado martes dieciséis tuvo lugar la académica inauguración de «La luz de las imágenes», una peculiar exposición a la que tuve el placer de asistir cerca de monseñor Osoro. El catálogo de la exposición con preciosas fotografías, ha sido elaborado por los comisarios Luís Felipe Garín, Vicent Pons Alós y otros colaboradores, entre ellos Ana Mª Buchón, Fernando Pingarón, Juan Gabara, etc. No obstante, me atrae tanto el tema que no he podido renunciar a estas impresiones elementales.
En San Esteban, primera sede de «La gloria del Barroco», tuve alegría al ver recolocado en su antiguo sitio el tabernáculo del retablo mayor, que hace ya años fue retirado para colocar otro de orfebrería, bueno, pero que rompía la armonía del conjunto o programa icnográfico. Gracias al interés del actual cura, Víctor Arias por conservar estas piezas y no lanzarlas a la basura, se ha podido devolver el primitivo aspecto de este retablo neoclásico. No ha ocurrido así con el frontal del altar mayor compuesto por mármoles de variados colores que, al extraerlo, se hizo añicos lamentablemente.
En San Martín refulge el oro viejo colocado hacia 1922 y que quedo oculto en 1939, cuando no hubo más remedio que enjalbegar el templo completamente ahumado. En cuanto el retablo de mármol que, en mi sentir, no es lo más apropiado para la estética del templo, y así se lo dije a José Pla, el cura de entonces, que me confesó que lo realizó obligado por los arquitectos. Habría sido muy fácil reproducir el antiguo, del que se conservan buenas fotografías, resultando algo plenamente encuadrado con el estilo esplendido del templo.
San Juan de la Cruz, antiguo San Andrés, tal vez el espacio barroco más singular de las parroquias valencianas que recuerda el rococó de Baviera, ha quedado en su conjunto digno, aunque parece que los tonos de los nervios dorados podrían haberse mejorados un poco. Lástima que esta interesante iglesia permanezca poco tiempo abierta al público.
Aquí es bonito recordar la actuación del gran historiador de Albaida, antiguo ministro de Instrucción Pública, D. Elías Tormo Monzó, que en 1940 tuvo que luchar casi a brazo partido con el Vicario General de entonces para evitar su venta y destrucción, en un momento en que la Iglesia de Valencia necesitaba considerables fondos para reconstruir muchísimos templos destruidos. Aún así se vendió San Bartolomé y San Miguel, en el centro histórico, salvándose Santa Catalina también amenazada.
Con todo y aún consciente de su gran carga de humanidad, me siento orgulloso de esta Iglesia de Valencia, porque desde 1238 -a pesar de les Germanías, la guerra del francés, las desamortizaciones, el treinta y seis, sin olvidar el paso del tiempo y los agentes atmosféricos-, ha sabido conservar este patrimonio de arte para los valencianos, que es para los creyentes una autentica catequesis de Fe, porque el arte es casi un sacramento que siempre nos trasmite la belleza de Dios.