He leído que España lidera la lista de los países con tasas más altas de divorcio entre los países desarrollados, hasta el punto que cada día se rompen 386 parejas y que de cada cuatro matrimonios se divorcian tres, en la mayoría de los casos por una infidelidad.
Tiger Woods sabe mucho de esto después de calzarse al menos a una docena de mujeres sin el menor reparo, ahora lamenta su actitud y el daño que ha causado a su familia. «Soy profundamente consciente de la desilusión y el daño que mi infidelidad ha causado, sobre todo a mi mujer y mis hijos. Quiero decir nuevamente a todos que estoy profundamente arrepentido y pido perdón», ha dejado escrito en su web.
Lo que le falta decir es que se arrepiente de que le hayan descubierto, porque entre la chica número uno y la número doce tuvo tiempo de acordarse de las consecuencias de sus actos. El polo opuesto a Woods es David Bisbal, que acaba de confesar en una revista que para no caer en la tentación de las mujeres (sic) cuando está de gira se pone una peli porno y se entrega al amor propio (esto es, a las pajillas).
No me malinterpreten. Yo no estoy en contra de los infieles. Tampoco es que esté a favor, a ver si me entienden. A lo que me opongo profundamente es a que se arrepientan sólo cuando les han pillado y a que se les acuse o se les justifique sin saber qué es lo que ha pasado, porque uno puede engañar a quien más quiere por muchos motivos. Tiger, por ejemplo, se conoce que tuvo un padre bastante putero que le puso los cuernos a su madre, y por lo que se ve, el chaval quedó marcado. O puede que tenga alterado el RS334, que es el gen que gestiona la vasopresina.
La vasopresina es una hormona que está más presente en los hombres y que está relacionada con la respuesta sexual, los afectos y la capacidad de compromiso, y por eso, al RS334 se le ha llamado el gen de la fidelidad.
Un equipo de investigadores del Instituto Karolinska, que a pesar de su nombre no está en las viñetas de los tebeos de Ibáñez sino en Estocolmo, estudió las variaciones y combinaciones de este gen en los humanos y vieron que los hombres podían no tener ninguna, una o dos copias del gen RS334.
Descubrieron que los que carecían de esta variación genética eran los más leales con sus parejas, los que no habían tenido miedo a comprometerse para formalizar su relación y los que provocaban menos reproches de sus parejas, pero a medida que se sumaban copias, se daba la vuelta a la tortilla, es decir: a más copias del gen, más posibilidades de permanecer solteros y, en caso de estar casados, los cuernos, las crisis y las amenazas de divorcio eran una realidad.
También hay estudios que analizan la infidelidad femenina. Uno de la Universidad de Texas vinculaba los niveles altos de estradiol con la infidelidad porque esta hormona, el estradiol, se relaciona con los niveles de seguridad en una misma y la investigación decía que las mujeres más guapas y más seductoras son las que tienen más posibilidades de ser infieles. Puede ser. Pero lo cierto es que las estadísticas a las que me refería al principio no son del todo ciertas.
En realidad, las parejas no se separan porque uno de los dos haya sido infiel, sino porque el otro lo ha descubierto. Que se lo pregunten a Tiger Woods. Montaría en la barca salvavidas sin mirar atrás. Y no crean, que eso no me da vergüenza.