La industrialización de la cría de animales ha cambiado por completo su estatuto y arruinado su calidad de vida. De ser casi miembros de la familia en una granja, y picotear por los caminos o pastar a sus anchas en verdes praderas, han pasado a ser máquinas biológicas de un proceso en el que la naturaleza ha desaparecido en la práctica para ellos. O sea: han sido desterrados al infierno más lóbrego y terrible. Gracias a ese sacrificio, las sociedades industriales pueden consumir una dieta de proteínas y grasas de origen animal varias veces superior a sus necesidades reales. Mientras se meten en el cuerpo una hamburguesa, individuos de todas las edades disfrutan, ante la tele, de imágenes rebosantes de crímenes, aberraciones, sadismo y vísceras. En ese marco resultaría cómica la supresión de las corridas para poner fin a la tortura al animal y en bien de la salud moral del espectador.