Rondando la medianoche del jueves, ya casi viernes, despegaba un avión medicalizado de Lanzarote con destino El Aaiún. Dentro, Aminatu Haidar. Con la tensión de contar los hechos mientras sucedían, Vicente Vallés daba paso a conexiones en las que, sonriente, su colega Eva Navarro, a las puertas del hospital donde la saharaui tuvo que pasar el día porque su maltrecho organismo después de 32 días sin probar bocado hacía aguas, narraba con meticulosidad la jornada de la activista para el Canal 24H. Daniel Díaz, de RNE, entraba en directo para confirmar que el avión estaba en la pista de despegue, y desde Rabat, Joan Marset, explicaba que las medidas de seguridad a la salida del aeropuerto de El Aaiún eran extraordinarias, destacando el vuelco radical, por político, que el Gobierno marroquí ha dado al caso, hablando, toma ya, de cuestión humanitaria.
¿Cuestión humanitaria?
¿Cuánto habrá trincado Marruecos, que agota por exasperación e insensibilidad, para dar su brazo a torcer? Viví ese momento, la confirmación de que Aminatu, esta vez sin retorno, volvía a su casa, con alivio. ¿No tenemos la sensación de habernos desprendido de un dolor que estaba resultando insoportable? CNN+ también estuvo pendiente de la noticia, y Cecilia Encinas, vía telefónica, contaba que en apenas unos minutos, con el avión sobrevolando el Atlántico, el aeropuerto de Lanzarote volvía a la normalidad. No importa. La imagen de esa mujer de gesto y maneras amables, en su silla de ruedas, con su pañuelo en la cabeza, se ha convertido en una imagen reconocible. Aminatu es ya un icono. Y un símbolo, el de la dignidad. ¿Recuerdan cuando dijo que volvería al Sahara viva o muerta? Lo ha hecho viva. Pero ojo con Marruecos. Qué miedo.