Como si del Guadiana se tratara, el debate sobre la utilización de los toros en las fiestas, tanto en los cosos como en las calles de los pueblos, aparece y desaparece periódicamente. Las disputas entre taurinos y antitaurinos se remontan al Imperio Romano y desde entonces se han suscitado distintos criterios ya sea de orden religioso, moral, estético, cultural o político, ya sea relacionado con la protección de los animales. Por tanto, no debe de sorprender que la discusión haya vuelto, valga la expresión, a los ruedos.
Si el pasado viernes el Parlamento de Cataluña aprobaba la tramitación de la Iniciativa Legislativa Popular, que abre la puerta a la prohibición de las corridas de toros en Cataluña, hace apenas tres semanas el Consell Valencià de Cultura se pronunció por la abolición del «bou embolat» por el «sufrimiento innecesario que padece el animal». Un debate, por cierto, cortado de raíz al señalar el conseller de Gobernación, Serafín Castellano que el Consell iba a seguir dando los permisos para celebrar ese tipo de festejo.
Entre los partidarios de la prohibición se mezclan cuestiones identitarias y de defensa de los animales y los opositores sostienen que nadie está obligado a ver o participar en las fiestas taurinas y que, por tanto, hay que dejar libertad de elección a cada ciudadano. El debate, como no podía ser de otra manera, es muy pasional, y lo primero que habría que plantearse es si es conveniente que el Consell deba abolir unos festejos tan tradicionales y arraigados entre los valencianos. Mientras, no queda más que exigir que las autoridades sigan apostando por el equilibrio entre hacer compatible el que no se maltrate a los animales y las medidas de seguridad de las personas con el que se puedan celebrar las tradiciones taurinas de las poblaciones valencianas.