Noche de amor brujo

 05:30  

Alfons Cervera

Es viernes. Casi invierno ya. El frío se siente con ganas en la parada del autobús. Barrio de Campanar, línea 61, junto al bar de mi amigo Juan. He dejado el coche en el aparcamiento. Voy a cenar con unos amigos y sigo a pies juntillas las recomendaciones de las autoridades municipales. La ciudad se va a llenar de policías con sus tubitos para medir la cantidad de alcohol que se queda en el cuerpo después de las comidas y las cenas navideñas. Mejor dejar el auto, pues, y usar el transporte público. No es que piense emular a Charles Bukowski pero por si acaso se me va la mano, prefiero subirme al bus de la EMT y después de la cena coger un taxi para volver a casa. Me imagino receloso los coches de la policía cruzados en la calle, como si estuvieran rodando una película americana. Y a los guardias plantados allí, delante de sus coches, como Clint Eastwood en sus peores tiempos, o Silvester Stallone.
Cuando pienso en esa escena, me viene a la cabeza que mi relación con los guardias está marcada por un destino raro: siempre me paran, sea donde sea siempre me paran. En la carretera, en la calle, en todas las fronteras. Algunas veces me río un poco, no mucho, claro, para que no piensen que me burlo de ellos. Y cuando me preguntan de qué me río, les digo que de nada, que me hace gracia que siempre me paren: en la carretera, en la calle, en todas las fronteras. Se lo digo así, con una leve sonrisa en la cara. Pero ellos no se ríen. No sé por qué los guardias no se ríen nunca. A lo mejor en sus casas sí. Pero cuando paran a los coches no se ríen nunca, es como si lo tuvieran prohibido, como si los obligaran sus jefes a hacer cursillos donde aprender a no reírse. Así que decido comportarme como un ciudadano ejemplar y dejar el Opel de segunda mano en el aparcamiento.
A las ocho y cuarto, más o menos, empieza la espera del autobús. Un barujo de la hostia. Paseo para calentar el frío. Llega gente que se suma a la espera. Al poco rato somos un grupo de zombis que echa humo de muerto por la boca. El rato se alarga. Media hora ya. Nos preguntamos unos a otros qué puede pasar. Llamo a los de atención al cliente de la EMT. Una mujer me dice que no sabe nada, que no les han notificado ninguna incidencia. Estoy a punto de decirle que la única incidencia son los caraduras que mandan en el ayuntamiento y para burlarse del personal han hecho la recomendación de dejar el coche en casa y usar el transporte público. Pasa más rato. Cuarenta minutos ya. Me quedo mirando lo que pone en la garita de cristal. Un cartel anuncia la maravilla del servicio de la EMT: 100% ecológico. 100% comprometido. 100% Valencia. Me entran ganas de arrancarlo, hacer una pelota y enviársela a Rita Barberá para que adorne con ella, como una borla de lujo, sus bolsos de Louis Vuitton. Una de las colegas zombis baila unos pasos de danza que parecen de flamenco para espolsarse el hielo del cuerpo. Estoy a punto de decirle que tiene tiempo de montar entero El amor brujo antes de que llegue el autobús.
Cuarenta y cinco minutos y cuando estamos cerca de los cincuenta aparece el bicho rojo por la rotonda de Maestro Rodrigo que lleva dos años en obras. La cena ya va casi por los postres. Los policías ocupan las calles de la ciudad. Sin una pizca de risa en el semblante. Están ahí para asustar, no para invitarnos a cambiar el coche particular por los autobuses de la EMT. Porque el ayuntamiento, en vez de aumentar el número de esos autobuses en estos días de fiesta, lo que hace es disminuirlo. Esa noche que les cuento sólo había dos haciendo el recorrido de la Plaza del Ayuntamiento al Hospital Arnau de Vilanova. Y éste que les estoy contando es sólo un caso. En un barrio. Seguro que esa misma noche había miles de zombis bailando El amor brujo en todas las líneas de la EMT, en todos los barrios de la ciudad. Seguro que sí. Seguro.

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