«La tierra no pertenece a nadie»

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Pedro Muelas

Emiliano Zapata decía aquello tan revolucionario de «la tierra para el que la trabaja», pero, la verdad, no nos aclaraba nada sobre la propiedad del suelo, que es una cuestión fundamental como todo el mundo sabe. Zapatero, en un alarde poético sin precedentes para un líder, sí, mundial y en un foro mundial ha sido más explícito pero más evanescente. «La tierra no pertenece a nadie. Sólo al viento». Nos habla de la propiedad, de la pertenencia… De la no pertenencia, en realidad. Eso fue lo que debieron pensar en la parte de la sierra Mariola que le toca a la pequeña población de Llíber para montar el negocio, muy parecido al de Zarra, de vender a chavo a toda la Unión Europea solares rústicos como urbanizables so capa del criterio legal y urbanístico más laxo que uno ha visto. Es aquello de la tierra que decía al principio: para que se los lleven otros, los grandes empresarios, los señoritos de Valencia o de Alicante o de Madrid, nos lo llevamos nosotros, que para eso es nuestro pueblo. Dicho y hecho. 300 chalés en suelo no urbanizable y una estafa, según la acusación, de 60 millones… de euros, claro. Y todo, como poco, a lo largo de cuatro años. Con un informe municipal por toda cobertura legal. ¿Tuvo algo que ver el incendio del año pasado? Los extranjeros se pensaban que conseguían el lugar de sus sueños al precio de sus sueños a costa de unos pueblerinos. Y los avispados del lugar, sólo los avispados, pensaban en sacarle toda la leña posible, no a la sierra, sino a los rubios europeos. ¿Quién iba a investigar en este apartado rincón? Por lo que se ve, nadie. Llíber, ciudad sin ley.
¿Y cómo ha sido ésto posible? ¿Hacia dónde miraban todos…? ¿hacia dónde miraba la comisión territorial de urbanismo, la conselleria, en otros asuntos tan vigilante?

El muro de Berlín de Urbanismo Pues no. Tantos empresarios chocando contra el muro de Berlín, que llaman ya a la comisión territorial de urbanismo y al director general de Urbanismo, José María Selva, y se les cuela por la parte de atrás un promotor que hasta quería, imitando a los grandes, comprar una montaña. Curiosamente, ahora los empresarios van denunciando el bloqueo en el que se encuentra la comisión y por tanto la maquinaria de autorizar los proyectos con sus informes correspondientes y demás. A alguno le puede venir bien que no se lo aprueben y así no tienen que empezar las obras de construcción de pisos, chalés o lo que sea, pero la mayoría no para de aporrear las puertas del despacho y rezar por Selva en el descansillo para que le aprueben las correspondientes calificaciones urbanísticas, principalmente, y para algo tan urgente como para poder consolidar su deuda y acudir a un banco, con la aprobación de la comisión, para pedir préstamos. Urgentísimo en tiempos de crisis como los actuales. Pero la duda se ha apoderado del organismo. Ahora firmo, ahora no firmo. Y mientras tanto se están viendo — el clamor llega a Presidencia— expedientes de hace cuatro años. Una auténtica vergüenza, insoportable para las empresas.
La frase El caso es que, como hemos comprobado ahora en Llíber, el descontrol y el asalto al territorio se instaló en esos años, arrasando las cumbres que tanto le escocía a Francisco Camps ver peladas y moteadas de casas. ¿Pero dónde miraban antes? Si hubieran estado tan vigilantes como González Pons con las costas valencianas otro gallo nos hubiera cantado. Pero a veces los políticos pierden más tiempo en desgastar al rival que en producir. Pons es muy creativo y por tanto, a veces, desbordante. Tanto que el viernes lanzó la frase apocalíptica de la semana, por si alguien se la compraba, de que el ministerio lo que quiere con esto de aplicar la ley en los merenderos de las playas valencianas y de otros sitios es cerrarlos ante la posibilidad de que haya sondeos en las costas. O sea quitar público sentado comiendo, porque si no, no se entiende. Hasta donde sabemos, nos habíamos quedado en que los merenderos tenían autorizados 150 metros cuadrados de ocupación y algunos de ellos se acercan ya a los 300. Y Costas ha advertido que eso no es legal. Pues bien, de eso hemos pasado, primera fase, a que Zapatero quiere ¡cerrar! los chiringuitos, no reducirles las terrazas, y, segunda fase, lo hace para que nadie vea — es que todo va contra nosotros— las plataformas petrolíferas y, por supuesto, la mancha de sangre que se extenderá entre los barcos de la Copa del América por la mortandad de las ballenas que producirán los sondeos autorizados por Zapatero frente al amenazado parque de la Albufera en cuyas orillas vararían los cadáveres de los cetáceos. Apocalíptico, ¿no?

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