El debate del aborto empañará créditos mundanos y académicos. Densos historiales en solfa por fabular sobre la personalidad del cigoto, o la epifanía del alma en el encuentro nupcial de un espermatozoo y un óvulo. Los propios prefectos romanos de disciplina y dogma deberían cuidar mejor al legionario: no se le puede obligar a mostrar así las partes blandas de la condición de fiel. Pero en el otro lado no son menores los estragos. En la banalización cultural de un hecho que sin duda es traumático, pues lo es ya toda extirpación quirúrgica, y más si lo que se extirpa es el proceso de formación de un ser, hay una crisis de sensibilidad y quizá de sentido. Entre la grotesca acusación de asesinato y la rutina de eliminar un quiste ha de haber un punto de razón, que, fuera desde luego del Código Penal, haga del acto de abortar al menos un hecho lamentado, un remedio extremo, un mal menor.