Después de meses de estudios de especialistas en los que se ha implicado también a miembros de las universidades, las principales organizaciones empresariales han presentado en sociedad el resultado final de los análisis técnicos y de su propia experiencia y visión. En ellos hay todo tipo de sugerencias con el mayor detalle, siempre pensando en favorecer las empresas como motor de desarrollo y generación de empleo. La coincidencia de las propuestas era de esperar pero no deja de ser significativa. Nuestros empresarios ven el fututo más seguro en la industria si se prima la productividad, el valor añadido y la I+D+I, se mantiene la construcción y se asume que no se puede depender exclusivamente de los servicios y el turismo. No es un nuevo modelo pero sí la intención de cambiar de rumbo. AVE ha sido, en esta ocasión, más valiente y ha planteado que si no hay fondos suficientes para dar la misma sanidad, la misma educación, los mismos servicios en general habrá que empezar a reducirlos o a pedir más dinero a los ciudadanos para su gestión. Bien. Una vez cumplido el rito de los informes, al igual que con los congresos con idéntico fin, cabe preguntarse qué toca. ¿Para qué sirven? ¿Quién se los lee, quién es el destinatario de tanta medida propuesta y tan cara? Se supone que ahora debería empezar la asunción, selección y ejecución de lo más conveniente y lo más urgente. ¿O queda todo en una justificación teórica del propio ser de las organizaciones?