Son muchos los acontecimientos de actualidad que tienen referente en Africa: el secuestro del Alakrana, la protesta de Haidar, o el secuestro de cooperantes españoles en Mauritania por citar algunos ejemplos. En poco más de un siglo, África se ha convertido en un espacio bien conocido y de una importancia geoestratégica alta. Durante los años de Aznar, la política exterior española, a fuerza de querer ser atlantista, dio la espalda a este continente.
A partir de 2004, Rodríguez Zapatero ha hecho un serio esfuerzo de reorientación y el escenario africano ha tenido un vuelco positivo importante en lo que se refiere al drama del cruce del estrecho, y se ha plasmado en una reducción del 70% de las entradas irregulares. Se han suscrito convenios con estos países, se ha establecido el dispositivo Frontex, y se ha mejorado la vigilancia y la cooperación.
Ante estas consideraciones produce, cuanto menos, desazón, comprobar cómo desde la Generalitat se carga contra la llegada de inmigrantes a las costas valencianas desde la llegada de Zapatero. Declaraciones que rozan lo ridículo, no sólo por las cifras que representan (poco más de 200 personas) sino sobre todo por el drama que subyace detrás: la ruta de las pateras se ha sustituido por la ruta de los cayucos que alcanzan a las costas baleares o alicantinas. Esta sustitución de rutas obedece al éxito de la vigilancia de fronteras y no responde, evidentemente, a ninguna animadversión del Gobierno hacia la Comunitat.
El drama de las políticas de inmigración valencianas es que, este año, la mitad del presupuesto de la Dirección General de Inmigración la financian los fondos que se reciben del Estado. Para salvar la ropa, el Consell acude a planes que ni figuran presupuestados y que, por ejemplo, afirman que en el año 2009 se ha atendido sanitariamente a un total de 708.879 inmigrantes, cifra sólo concebible si se computa como inmigrante al británico o al alemán que residen en la costa alicantina. Y que prueba, además, que el Consell no sabe aún, con certeza, qué es un inmigrante.
La esquizofrenia en la que se haya inmerso el Consell toca techo cuando nos enteramos de que está estudiándose el impacto del voto extranjero en las próximas elecciones y la manera de atraerlo hacia las filas populares. Una iniciativa, la del reconocimiento del derecho al voto de inmigrantes, llevada a cabo por Zapatero con la manifiesta oposición del PP, que nunca habría salido delante de gobernar en España un ejecutivo conservador.
Felicitémosnos, en todo caso, por lo que esto significa. La derecha tiene una trayectoria jalonada por poner la zancadilla al progreso social, para luego subirse al carro cuando ya no le es rentable la protesta. Esperemos que, en un futuro próximo, asignaturas como dependencia o educación para la ciudadanía sigan un camino parecido. Y, desde la izquierda, renunciemos a intentos de contaminar el voto inmigrante y luchemos por esta parcela social. Aún quedan muchos colectivos que no podrán ejercer su opción política, y entre ellos el reto africano sigue ocupando el primer lugar.