Decía Francisco Umbral, que fue un magnifico columnista del barroco frío y, también, un primer espada de la España Ulterior que los militares, diga lo que diga Quevedo, no lloran. ¡Y tanto que lloran! Miren si no a Josep Guardiola, el entrenador del Barça con los ojos derramados sobre las cuencas de las manos tras conquistar la sexta copa grande para su equipo en una sola temporada. Todos los oficios de combate gallardo tienen una mitología de llanto militar y guardias junto a los luceros, de novios de la muerte y lealtades al límite. El fútbol, también. Ese fútbol que siempre se nos resistió porque un cuarto puesto en unos mundiales de Brasil, a mediados del pasado siglo, no es un laurel inmarcesible pero, por fin, ese amor es correspondido y triunfan el Barça y La Roja.
Todas las chicas de mi entorno experimentan titilaciones de corazón y desmayos en el telón de los párpados cada vez que aparece Guardiola. No recuerdo nada parecido desde que George Clooney anunciaba una máquina de café y parecía que el galán, como un fontanero polaco, atendería a domicilio cualquier desperfecto. Comprenderán que con un tema tan interesante entre manos, no me ocupe de Belén Esteban: por mí, puede recauchutarse el Falopio.
Guardiola y la nueva masculinidad. A Enric Juliana le gusta referirse al catolicismo difuso y jansenista, próximo a la moral protestante del trabajo, de Cataluña: su encarnación y tótem, sería Guardiola, el que derrama llanto agradecido, el que dice «que son los jugadores quienes me hacen bueno a mí», el que es cauto, humilde y cálido como un franciscano: le convendría romper la vajilla o montar una bronca en El Bulli para no llamar la atención en un país en el que los quevedescos siempre ganaron por goleada a los cervantinos. Para el telediario de Madrid, la noticia no es la obvia, sino que el equipo de la capital «está a dos puntos del líder». Decía Luís Aragonés que a él no le cabía en el culo ni un bigote de gamba: equivocaba la vía para tramitar el marisco.