Monotonía de sol y arena, tras los cristales, de unas gafas atentas, de unos ojos de lluvia y de amanecer en Lanzarote, cada mañana, de anochecer triste y persistente. Monotonía de segundos desvanecidos que se establecen como inútil pauta para medir el tiempo, que se entumece entre la fatiga abierta y la constancia de las pobres almas de los pobres pueblos, de las pobres personas que siempre luchan más allá del agobio, del trato injusto de los privilegios. Monotonía de vida y de esperanza, porque vale la pena empecinarse en ello, porque siempre habrá un más allá que el menos acá que les hará libres, que recuperará vidas, caminos, letras, páginas y estrellas. Monotonía de España, que mira atrás y se avergüenza, que mira atrás y se arrepiente, que mira atrás y ve un espejo repleto de vidas rotas como chillidos, de espaldas hambrientas como cuchillos, de injusta historia que jamás debía haberse escrito.
Monotonía de ráfagas parturientas, que quieren decir mas no saben, porque no piensan, porque cubren su mala conciencia con vil chantaje y tradición traidora a sus hermanos, a sus vecinos, a sí mismos. Monotonía de papeles papeles y papeles, legajos fieros, resoluciones leves, asuntos simples, encerrados en una caja de treinta y cuatro años que nadie quiere, que el mundo esconde y la tierra estraga. Monotonía alegre de un pueblo orgullo, de un pueblo errante, que espera ansioso, porque no es vano que Aminetu Haidar se desvanezca, pero sí injusto, absurdo, imperdonable: alguien deberá responder de todas las guerras, pero es mejor luchar por la paz de la libertad que es la victoria.