Si el principio no declarado de la limitación del mandato presidencial a dos legislaturas que Aznar estableció es ratificado por Zapatero, nos encontramos en el último cuarto de la égida del leonés y es momento de mirar al futuro inminente. A Zapatero le corresponde el mérito indiscutible de haber introducido las buenas maneras en la política española que siempre tuvo como protagonistas a jabalíes viejos y filibusteros con un gancho como el asta de un miura. Después de un Suárez que parecía estar posando siempre para El Greco, un Calvo Sotelo con cara de desplome, un Felipe que empezó muy bien y acabó mordiéndonos a todos y un Aznar al que se le había podrido alguna víscera, las sonrisas y la corrección, se agradecen. El medio es el mensaje (Mc Luhan), los modos, el contenido y en la política televisada (y por tanto improvisada), más.
Los adversarios que lo tomaron por tonto, yacen en la fosa de la irrelevancia. Quienes pensaron que era un blandito, tienen el culo lleno de moratones. Zapatero ni alentó ni se dejó arrastrar por la fiesta inacabable del ladrillo pero, como llenaba las arcas del Estado, no tuvo ningún inconveniente en admitir la alucinación colectiva de que ya éramos ricos, casi sin remedio. Tal vez Zapatero pueda volver a ganar con la condición de que no sea él mismo quien lo haga. Creo que su mayor error fue dejarse arrastrar por el PSC y su fam d´heretar (la Generalitat), el malhadado asunto del Estatut y su posterior uso como fuente de agravios y despechos.
Por razones tan poco misteriosas como su dominio de la mayoría de los púlpitos, el PP ha logrado impregnar el tejido social con la sospecha de que Zapatero es frívolo, manirroto y dubitativo y, como resuelve crisis sin disparar un tiro, un poco nenaza y del Barça. Y sin embargo, todo está por hacer: la educación y el laicismo, Europa, ver cómo salimos de Afganistán y nos plantamos ante Marruecos, el renacimiento de la industria y el empeño de no permitir la pobreza extrema.