Si regala usted una camisa de cien euros –ninguno de mis lectores hace regalos por debajo de esa cifra–, pero el perceptor cree que la prenda cuesta 60 euros, entonces él ha recibido un regalo de 60 euros. En cuanto a usted, ha arrojado cuarenta euros a la basura, algo que hoy no puede permitirse ni un Alberto. Si multiplica ese índice de satisfacción, inferior al que usted merece, por los 25 obsequios al año que efectúa de media un ciudadano occidental, el desfase dispara las señales de alarma. Sin embargo, este artículo no es una apelación a la tacañería que desdeñamos, sino a la exactitud que encarecemos literalmente.
La singularidad del regalo se debe a que el aprecio – que viene de precio– lo hace un tercero, obligado por los convencionalismos a no rechistar. Es decir, se anula la efigie del consumidor en perpetua actitud de protesta. Un sartenazo en plena cabeza al donante de una sartén todavía por desembalar, o un estrangulamiento con la corbata fresca, mejorarían paulatina y darwinianamente el ajuste de la calidad al coste de los obsequios. Por desgracia, el receptor está condenado por reglas atávicas a la maldita sonrisa inescrutable, ya sea que haya recibido un exprimidor de naranjas o un Ferrari.
Al fondo, alguien apela al valor sentimental. Vamos a destrozarle, colocándonos en la posición del obsequiado. ¿Qué es lo primero que usted piensa cuando recibe un presente? Su utilidad, su color, si cabrá en el armario,... Seamos sinceros, usted hace un cálculo apresurado del precio. Aparquemos pues los sentimientos, dado que «artículo de regalo» significa simplemente que es más caro que el mismo objeto destinado al uso cotidiano. Por tanto, hemos llegado a la solución, ofrecer dinero al contado para que el receptor lo malgaste como quiera y se haga responsable de su depreciación. Por desgracia, cien euros al contado parecen sólo sesenta, porque el perceptor se siente humillado al reinterpretar la relación en términos pecuniarios. Un mercantilismo que el divorcio se encargará de certificar, por otra parte.