Ni el más avispado de los guionistas de Sunset Boulevard podía haber puesto mejor colofón a la última pantomima montada por la ONU, esta vez en Copenhague y reuniendo a miles de señores -de los que ninguno se pagó el viaje ni los gastos- a hablar sobre cambio climático. Aún no se había apagado el último micrófono, todavía nuestra advenediza secretaria de estado del tema continuaba corriendo por los pasillos intentando enterarse de qué iba todo aquello vía preguntarle a los escandinavos –«que son los que más saben»-, cuando una ola de frío que ni los más viejos del lugar logran rememorar se desplegó por toda Europa. Escuelas cerraron de los Urales a Land´s End. El continente quedó aislado con el cierre del túnel bajo La Mancha. Los madrileños volvieron a pasar unas horas patinando sobre carreteras de hielo y nieve. Los camioneros belgas dijeron que ellos con esa rasca no salían de casa y hasta las señoras del PSPV y movimientos afines enfundaban a sus niños con capas y capas de torero para que, camino del cole, no fueran a coger frío.
Cada vez que los agoreros del Apocalipsis climático vaticinan calor, la madre naturaleza se moviliza y les responde con todo lo contrario. Cada vez que la ONU organiza un nuevo despilfarro sufragado por el bolsillo del contribuyente, demuestra más su sonrojante obsolescencia. Cada vez que a los adalides del europeísmo sin mesura se les llena la boca proclamando el final de las naciones, Estados Unidos los deja en ridículo. Cada vez que nos bombardean con informes alarmistas sobre el presunto origen de los cambios que sufre nuestro planeta, nos mienten.
Pero la mentira repetida un millón de veces nunca se convertirá en verdad. Tal vez por eso y porque nadie todavía ha sido capaz de probar nada de lo que dicen los señores que ponen árboles de navidad iluminados por bicicletas a pedales, de la famosa cumbre de Copenhague, ese foro que iba a solucionar el futuro de la humanidad, no han salido más que vaguedades, sin vinculación jurídica alguna y sin el más mínimo horizonte de compromisos que hagan previsible la política de inversiones de nuestras empresas en un futuro a medio plazo.
Lo único que quedará, eso sí, serán los cientos de millones de euros que entre todos habremos pagado para que la ONU siga existiendo y parezca que realmente hace algo y la profunda satisfacción que a los ultras del ecologismo climático les produce saber que con su millón de mentiras han conseguido engañar a casi todo el mundo, Sarkozy incluido.