Parece que fue ayer cuando irrumpió en el océano de tiburones de la promoción y construcción de casas la firma Llanera desde la Costera. Aquellos jóvenes agresivos que despertaron los recelos de todos, de los instalados en el sota, caballo y rey del sector. Eran los tiempos en los que se ataban los perros con longanizas, en los que sólo dando el pase de un suelo edificable se ganaba una fortuna. Llanera entró en la última remontada de aquella locura que nos ha llevado a la recesión. Fue la firma del monoposte, de la presencia creativa en los medios de comunicación, del fichaje de ejecutivos, de la agresividad irreverante, del comer más de lo que podía tragar y todos pensaron que detrás no había nada. Ese polémico símbolo ha pasado el desierto de la quiebra concursal y quiere seguir siendo empresa. Algunos pensaron que huirían pero no lo han hecho. Detrás había, por lo menos, ganas. ¿Otro brote verde?