María José Carrascosa es una señora de Valencia que vivía en Estados Unidos cuando conoció a quien sería su marido, Peter Innes. Allí, en Estados Unidos, tuvieron una hija en 2000, un año después de ese matrimonio. En 2004, la pareja, como tantas otras, se separa. Pocos meses después, sin avisar a nadie, María José decide volverse a España. Acusó, sin prueba alguna a decir de los tribunales americanos, al Sr. Innes de ser un maltratador y decidió situar a la hija de ambos a 6.000 kilómetros de su padre. Para intentar dar cobertura jurídica a su conducta, presenta una demanda en un juzgado valenciano. Sabía que en España, al contrario que en la mayoría de países civilizados, la madre siempre tiene las de ganar en los juicios sobre custodia de menores. Y obtiene lo que desea: el tribunal le concede la custodia de la niña ¿Qué más da si la niña tiene también un padre? ¿Qué más da si resulta que la niña nació y vivió los primeros años de su existencia en Estados Unidos? Lo importante es que la niña pueda estar con su madre y que el tal Peter Innes, además de un simple padre es también un maltratador. Y lo es porque lo dice la señora Carrascosa. Una mujer. Faltaría más.
Henchida de orgullo y fortalecida por la siempre ecuánime jurisprudencia española en la materia, Carrascosa se va a Estados Unidos a pedir justicia. Quiere que los jueces americanos también le den la razón. Pero se encuentra con que los yanquis van varios siglos por delante de España en esta materia–como en tantas otras-. Y la justicia americana decide encarcelarla hasta que devuelva a la hija del señor Innes al lugar de donde nunca debiera haber salido sin permiso de su padre. Un juez de Nueva York la acaba de condenar a 14 años de cárcel por secuestro de una menor. Y le ha recordado lo que para muchos resulta evidente. Los hijos no son un simple objeto sobre el que se tiene un derecho de propiedad. Ella, la condenada, creyó que Victoria era suya. Como tantas otras madres consideró que inventarse una historia de abusos le valdría para apartar al padre de la vida de su pequeña. En España le sirvió la treta. Acostumbra a ser suficiente. En Estados Unidos no. Entre tanto, prefiere pudrirse en la cárcel antes que permitir que Peter disfrute de la compañía de su hija. El odio es así.