El fallecimiento hace pocos días del Premio Nobel de Economía Paul A. Samuelson, uno de los economistas más influyentes del siglo XX, ha pasado un tanto desapercibido posiblemente porque la atención mediática ha estado centrada en la cumbre de Copenhague que ha reunido a los máximos dirigentes políticos de todo el mundo, en la búsqueda de acuerdos globales para luchar contra el cambio climático.
La influencia de Samuelson se ha debido en buena medida a que su tratado de Economía ha sido el libro en el que se han iniciado más generaciones de economistas en el estudio riguroso de los fundamentos teóricos de su campo, como lo pone de manifiesto el hecho de que se lleven vendidos más de 80 millones de ejemplares desde que apareciera la primera edición en 1948. Naturalmente los contenidos del libro fueron actualizándose según avanzaba la propia economía del mundo industrial y progresaba su análisis científico, y una de las actualizaciones que entiendo pueden explicar mejor la dificultad de que la humanidad pueda alcanzar acuerdos importantes y operativos sobre los temas debatidos recientemente en Copenhague, se refiere a la distinción que realizaba Samuelson en las primeras ediciones de su tratado de Economía entre bienes sin precio y bienes con precio.
La edición en español en la que estudié a principios de los años 60, y que era una traducción de la edición original en inglés de mediados de los años 50, utilizaba como ejemplos de bienes sin precio el aire y el agua, bienes que se suponía no se regían por las leyes del mercado que sí operaban en cambio en materias primas más valiosas y en los productos industriales y agroalimentarios. Eran años aquellos, mediados de los 50, en los que la población mundial apenas alcanzaba los 2.500 millones de habitantes, y el único país con un desarrollo industrial considerable y un auténtico consumo de masas era Estados Unidos.
No sé muy bien en qué edición del libro dejó de utilizarse la noción de que el agua y el aire eran bienes sin precio, aunque supongo que debió ser a finales de los 60 o comienzos de los 70, cuando el desarrollo industrial estaba alcanzando a muchos otros países, entre ellos España, y aunque ya comenzaba a tomarse conciencia científica y social de los costes medio ambientales que acompañaban al desarrollo industrial y urbano, la realidad del desarrollismo seguía y continúa basándose en la práctica de considerar y consumir como si fueran ilimitados y gratuitos los bienes naturales, entre ellos el aire y el agua.
Y así es como hemos llegado a los tiempos de la cumbre de Copenhague. Se ha multiplicado casi por tres la población mundial que existía en 1948 hasta alcanzar los actuales 7.200 millones, y las economías emergentes, lideradas por la insaciable economía china, se han sumado a las economías de los países considerados hasta hace poco como los únicos desarrollados, en su ilimitada demanda de recursos naturales. La nueva industrialización mundial, plenamente globalizada, se ha convertido en la otra cara del cambio climático y del calentamiento global, con independencia de cómo se midan estos dos conceptos. En consecuencia, dado que no parece posible que ningún país de los que estaban representados en Copenhague esté dispuesto a detener el crecimiento económico, industrial y demográfico (seremos 9.000 millones en 2030), estimo que lo más realista sería aceptar que el referido cambio climático y el calentamiento global son inevitables.
Una aceptación que debería conducir a su vez a tomar medidas realistas, más allá de las políticas bienpensantes de los ecologistas y de buena parte de los políticos, que tengan en cuenta que los conflictos en torno al uso de los recursos naturales, si no se regulan mediante acuerdos globales, pueden poner en peligro la propia continuidad de nuestra vida civilizada, por más que éste no sea tema a seguir debatiendo en esta breve glosa de ese gran maestro de economistas que fue Samuelson.