Nunca sé si ha terminado o empezó de nuevo Tú sí que vales, esa barraca de feria en la que tampoco acabo de discernir si los monstruos son los que sacan al escenario echando fuego por la boca mientras otros tocan los bongos o la cosa está en ver las imbecilidades del llamado jurado. Pero estoy seguro de que cada vez que me he parado un rato entre cadena y cadena siempre he visto a Loles León con las tetas inflamadas, ejerciendo de calentorra, como si en vez de boca o cerebro tuviera una vagina para que el gañán de las contorsiones le hiciera cosquillas. O algo.
También he visto al insoportable Ángel Llácer chillar sin venir a cuento, hacer aspavientos sin venir a cuento, e interpretar en alto el guión en ese paripé que dice si alguien vale o no. Tampoco sé para qué han de valer o no quienes se apuntan, supongo que con mucha esperanza, a esa pamplina. ¿De qué va este programa? No me vale que digan que es un cazatalentos. No lo es. Y si lo es, es el más malo del planeta. En caso de sigan este desagüe de Telecinco es lógico pensar que están en condiciones de responder a una pregunta básica. Digan, por el placer simple de decirlo, el nombre de algún ganador que haya hecho carrera conocida a raíz de su paso por Tú sí que vales, del mismo modo que recordamos a Rosa López como la gran triunfadora de la primera edición de Operación Triunfo.
Ya. Es una pregunta con mala leche. Siguiendo en estos niveles tan básicos, la conclusión es simple. Este pérfido mamotreto es un programa tan fallido como mis inútiles intentos de seguir con atención lo que dice Pablo Motos. En Tú sí que vales hasta la moranquería de Jorge y César Cadaval queda diluida en un sin gracia deslavazado, clónico. Pillan la pasta, y a correr.