Una vez, el escritor Salva Domínguez me llevó a los toros y al principio de una faena hubo un lance que, con la plaza a reventar, provocó el silencio, estruendoso de tan puro, sacramental (cualquier otro calificativo se quedaría corto), del respetable. Una quietud de los alientos como un oleaje detenido que, por fuerza, tenía que ser indicio mayúsculo de una cosa que se manifestaba por elevación, de algo así como ¿un éxtasis colectivo? No lo sé, lo único que puedo afirmar es que nunca vi nada parecido ni en el fútbol ni, por supuesto, en el boxeo.Podría haberme callado para no provocar fricciones con los míos.
Soy ecologista y además me gustan los animales en singular, uno por uno, aunque no renuncio a la carne, eso debe ser una contradicción, pero como mi apellido significa apicultor, voy a lanzarme de cabeza al abejar. Respeto la iniciativa antitaurina que emprendieron numerosos ciudadanos de Cataluña y admiro la sensibilidad del Parlament al plantear la admisión de la propuesta como una cuestión de conciencia, sin disciplina de partido, a ver si cunde el ejemplo, pero creo que se equivocan.
La fiesta no vive su mejor momento y siempre hubo comunidades hispánicas en las que no despertaba entusiasmos –Canarias o Galicia-, quizás el tiempo se hubiera encargado de desdibujarla en Cataluña sin necesidad de ningún empujoncito que, tal vez, produzca el efecto contrario de coagular las resistencias. Tampoco es un asunto de la España vieja, la Ulterior de los romanos, sino del iberismo en su máxima elongación: de Lima a Montpeller y de Porto al D. F. Los toros son un festejo sangriento, sí, pero para quienes quieran profundizar en el tema –cosa que no puedo hacer aquí- les regalo este aforismo de Nietzsche: «No hay fiesta sin crueldad». Esta fiesta, cuyo reglamento es una mezcla de extravagancia y anacronismo, tiene un mérito: el de recordarnos que, al menos en esta vida, la virtud –incluida la virtud creadora– está más emparentada con cualquier forma de determinación y coraje que con el virtuosismo y la blanda aquiescencia.