La esperanza de vida es uno de los datos fundamentales que los sociólogos ponen sobre la mesa para evaluar el avance de un país. Así, a mayor y mejor desarrollo, la edad de la sociedad crece, mientras que en los lugares subdesarrollados la esperanza de vida se reduce de una manera notable. El último informe del INE arroja unos datos que deben ser apreciados y aplaudidos por la sociedad, ya que desde 1991, la longevidad de los valencianos ha aumentado en casi cuatro años y se sitúa en 80,4 años, lo que les permite estar entre los españoles con más posibilidades de llegar a octogenarios. Asimismo, la mortalidad infantil, medida en términos del riesgo de muerte durante el primer año de vida, se ha reducido desde las 6,8 defunciones de 1991 a las 3,6 en 2007. Estos datos positivos nos deben hacer reflexionar sobre el futuro de la sociedad valenciana, ya que ésta cambia cada vez en menos tiempo y exige unas respuestas que los poderes políticos deben dar con criterio y análisis objetivo de la realidad. A nadie se le escapa que nuestros ancianos son cada vez más jóvenes y que tienen distintas necesidades a las personas mayores de hace medio siglo. La sociedad se tiene que ir adaptando a este grupo, que es cada vez más numeroso y cuya experiencia debería ser más aprovechable de lo que es en la actualidad. De nada servirá vivir más de 80 años, si ese periodo último de vida no es lo suficientemente confortable para las personas. Entre todos podemos y debemos hacer una sociedad mejor, más comprensible, justa y humana.