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Buenas prácticas en Navidad

Alfons Cervera

 05:30  

La vida se parece cada menos a la vida y más a su contexto. Somos lo que hay alrededor, lo que todo lo demás decide que seamos. Si nos miramos al espejo por las noches veremos cómo nos hemos quedado sin cuerpo, como los vampiros. A la luz del día nos descubriremos otros, con otra cara, a veces con las narices de Pinocho, siempre dando saltitos de tonto porque nos han movido el suelo y nos hemos quedado tan contentos. Miremos donde miremos todo es mortífero, como decía mi viejo, entrañable y anarquista tío Bulla.
Pero nosotros, como si nada. No cambiamos el paso así nos maten. Y resulta que cuando llegan estas fechas de invierno primerizo, plantamos en casa el árbol de los deseos y no nos damos cuenta de que los deseos van por un lado y lo que hacemos para que se hagan realidad va por otro lado muy distinto. Los tiempos que corren son para echar a correr y ahí estamos, aguantando el tipo como aquel Tancredo que se ponía delante del toro para que lo levantara por el aire y le aplaudiera el público que llenaba los tendidos de la plaza. Eso somos: Tancredos más quietos que un muerto mientras otros hablan por nosotros. O lo que es lo mismo: aquel bochorno de la España borrega que cabreaba a Max Aub en su regreso apenas duradero del exilio mexicano.
La calle está callada, como si hubieran fumigado con el veneno del silencio las voces que antes protestaban porque el mundo era una mierda y siempre hacía felices a los mismos. Ahora los felices siguen siendo los mismos de entonces pero las voces de protesta se han quedado mudas, como si la lengua fuera un fósil y el estómago se nos hubiera hecho grande, dispuesto impasiblemente a tragar lo que le echen.
Leo estos días fríos como el hielo la calentura de Rajoy y los suyos con su nuevo Código de Buenas Prácticas y me da la risa boba. Porque estos días de llorona melancolía son en realidad los del cinismo. Las caras y las plegarias dicen una cosa mientras garganta adentro bulle sin descanso un baile rabioso de culebras.
Como lo del Código que contaba el otro día en la tele la señora Cospedal. Recuerdo que dijo: «así evitaremos que gente ajena se aproveche del Partido Popular». ¿Cómo que ajena si el PP tiene media nómina en la cárcel y la otra media a punto de entrar? No sé si el buen pacto entre el Bloc, Iniciativa y Els Verds será cosa del deseo o la realidad. Ojalá que lo segundo. O si las relaciones entre esas izquierdas y Esquerra Unida serán cordiales o a cara de perro. Me gustaría que lo primero. O si la República será algo tan tangible como los miedos de la Monarquía para cuando llegue al trono el marido griego y estirado de la periodista. Tampoco sé si al menos en estas horas de abrazos y pastelitos de boniato los socialistas valencianos dejarán de lado sus hostilidades internas y llegarán vivos a las elecciones de dos mil once. Aquí no pongo mis deseos porque ese partido casi siempre hace -cuando se trata de las relaciones internas- lo contrario de lo que dicta el sentido común.
Los buenos deseos, para que sean algo más, han de traspasar la frontera que impone el calendario festivo y convertirse en una realidad encarada desde la vocación inexorable de cambiarla. Hemos de recuperar el cuerpo de vampiro que se ha perdido en el fondo del espejo. Y devolvernos a nosotros mismos la voz y la dignidad que fuimos perdiendo en el camino de un conformismo idiota.
En definitiva: vamos a no llorar, como decía Roque Daltón, ese inmenso poeta y revolucionario que se dejó la vida en su lucha para mejorar no al mundo sino al ser humano. Vamos pues a no llorar en estos días y en ninguno, a no conformarnos con nada. Vamos a tener un Código de Buenas Prácticas que vaya más allá de lo que dura en casa el árbol de los deseos rutinarios. Y sobre todo, vamos a tener un Código de Buenas Prácticas que vaya más allá del cinismo. Infinitamente más allá del cinismo. Infinitamente.

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