Alguien recuerda el nombre del presidente de Air Madrid? La predecesora de Air Comet implosionó hace tres navidades, ocasionando perjuicios a un número de pasajeros –120 mil– y de trabajadores –1.200– que multiplican las víctimas de su continuadora empresarial. Sin embargo, el relativo anonimato de sus gestores diluyó el escándalo. El ruido se vació. El archivo por parte de la Audiencia Nacional de la querella interpuesta por asociaciones de consumidores, contra los directivos de la compañía aérea, apenas mereció una nota a pie de página.
En resumen, no se trata de Air Comet, sino de Gerardo Díaz Ferrán, y dado que este empresario carece de virtudes imagológicas sobresalientes, tampoco es un problema personal, sino patronal. El presidente de la compañía en disolución monopoliza el gancho periodístico por encima de los dramas personales de los pasajeros sin vuelo, que vituperan al presidente de la empresa para garantizarse el acceso a las portadas. De hecho, su socio Gonzalo Pascual ha quedado relegado a un tercer plano. Por tanto, la CEOE se ha hecho contraproducente para su líder, un tormento adicional a las turbulencias de su carrera empresarial.
Díaz Ferran debería ser el primer interesado en abandonar su cargo en la patronal, para que remita su visibilidad. En tribulaciones sin más paralelismo que el impacto mediático, la desaparición ha sido la estrategia de Tiger Woods y, ¿qué se hizo de un tal Luis Bárcenas, imprescindible en la dieta informativa de unos meses atrás? Además, el presidente de la CEOE ha perdido punch para desarrollar la oposición al Gobierno que encarna su confederación. Sus colegas han de desconfiar obligatoriamente de un portaestandarte abrumado por sus deudas millonarias con la administración. Sin embargo, ni los argumentos más poderosos disuaden a un líder cuando sucumbe a la tentación de creerse indispensable, en la línea de Francisco Camps.
Los apuros recientes y crecientes de Díaz Ferran iluminan su presencia disciplinada en la conferencia de presidentes, sin la menor objeción hacia su convocante. El pasado mes de julio encajó de parte de Zapatero la mayor diatriba que un presidente de Gobierno español ha pronunciado contra un individuo concreto. Los asistentes a aquella rueda de prensa, posterior a un consejo de ministros, no olvidaremos jamás la imitación de Hugo Chávez a cargo del primer ministro socialista. Acusó a la CEOE de devolver a España al franquismo y singularizó males diabólicos en su presidente. Así se interrumpe un diálogo social, pero sería simplista retratar a Díaz Ferran como un enemigo del PSOE. El Gobierno concede a su yate Leuqar, de 25 metros, unas envidiables condiciones de atraque en el puerto menorquín de Ciutadella.
La permanencia de Díaz Ferran al frente de la CEOE demuestra el nulo peso otorgado a la patronal por los empresarios de postín, que gozan de acceso sin intermediarios a las cúpulas del poder. Como de costumbre, el dueño de Air Comet debe guardarse de sus aparentes defensores. Cuando Cristóbal Montoro asegura que la bancarrota del citado propietario «forma parte de la normalidad», el dirigente popular debería aclarar si normaliza los miles de pasajeros en tierra tras haber abonado religiosamente sus billetes, o los retrasos de medio año en el pago de las nóminas, o las deudas astronómicas con la Seguridad Social, o la paralización de los aviones por los tribunales británicos, o el engaño a sus compañeros de la cúpula de Caja Madrid sobre el aval para una deuda. Por no hablar de su chalet en Mallorca, cuyo constructor le reclama infructuosamente 750 mil euros. Con mucho menos material se han grabado teleseries de decenas de capítulos.
José Blanco sentencia que «Air Comet no tiene dinero ni para combustible». Díaz Ferran apela precisamente a la incombustibilidad para mantenerse al frente de la CEOE. Su lacrimógena manifestación de que ahora comprende mejor los quebrantos de los empresarios es tan imaginativa como increíble. El suyo no es un fracaso más. Antes de que el cargo empresarial se volviera en su contra, debió ser un excelente trampolín, que franqueaba puertas y tal vez tranquilizaba a quienes no cobraban sus sueldos. Por desgracia, los protagonistas nunca se resignan al anonimato. Por cierto, el presidente de Air Madrid era José Luis Carrillo.