Los diarios se han hecho eco con un deleite comprensible de la obsesión de Josef Stalin por el sexo reflejada en la muestra que, en una galería de Moscú, exhibe una veintena de láminas con cuerpos desnudos sobre los que el líder, como se le llama en la título de la exposición, anotó a trazos de lápiz rojo o negro comentarios con intenciones censoras. La muestra se llama, ya digo, Los mensajes del líder, una forma elegante de reflejar lo mucho que les gusta a los dictadores de parecido pelaje que se les considere padres de la patria. Kim-il Sung, fundador de la Corea del Norte, se hacía llamar el Gran Líder y su hijo, Kim Jong-il, tuvo el gesto prudente de cambiar lo de Grande por Amado.
Stalin, que se quedó en Líder a secas, fue un tirano cruel y sanguinario, empeñado a la vez en construir el Estado soviético, en deshacerse de sus enemigos –los del Estado y los suyos que, como en todos los casos de psicópatas de similares características, coincidían por completo– y, de paso, en mandar a los gulags, cuando no a la tumba sin más trámites, a buena parte de los ciudadanos del Imperio. Los líderes coreanos no han asesinado más que a una fracción del inmenso gentío con cuya vida acabó Stalin. Pero hay que tomar en cuenta las limitaciones impuestas por el tamaño respectivo de los países en los que ejerce la dictadura. La Unión Soviética fundada por Lenin, apuntalada por Trotsky y llevada a su mayor grandeza geográfica e histórica por Stalin, tuvo en el momento de la construcción del Imperio cerca de 120 millones de súbditos. Que muriesen seis millones de ellos por el resultado directo de las órdenes dadas por Stalin, o de manera vicaria a causa de las hambrunas a que llevó su gestión, tiene que verse como un suceso proporcional a la magnitud de un país gigantesco, incomparable con las dos Coreas. Incluso hay hagiógrafos del tirano soviético que niegan tal magnitud de muertos, atribuyendo al magnate de la prensa americana William Hearst una operación de descrédito. Aunque, al igual que en el caso de los asesinatos que logró perpetrar Hitler, poco cambia que sean dos, cinco o seis los millones de víctimas. La barbarie admite mal las precisiones numéricas.
¿Y las sexuales? La muestra de Moscú contiene apuntes hechos sólo sobre desnudos de hombres pero la obsesión del dictador soviético por el sexo no se redujo al masculino. Según cuentan las crónicas, las láminas apostilladas proceden del saqueo a la dacha personal de Stalin, lugar en el que los miembros de la escolta personal del líder llevaban a cabo, en su ausencia, fiestas con acompañamiento femenino de pago. Que fuesen fusilados al enterarse de lo que sucedía el tirano es un trazo más en el diseño de la enfermedad mental del exseminarista, preocupado bastante más por el sexo que por la muerte. Los organizadores de la exposición califican de flashes del subconsciente las anotaciones de Stalin sobre los dibujos. Relámpagos, diría yo, de lo que fue un aspecto menor de su salvajismo feroz.