Yo, tú, él

Juan José Millás

 05:30  
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No existe, que un servidor sepa, una historia del delirio. Ignoramos por tanto cuándo irrumpió en la existencia o de qué modo influyó en la historia del progreso. Sí estamos en condiciones de afirmar, en cambio, que casi todas las grandes obras de arte están tocadas de un modo u otro por esta patología. Quizá, por tanto, en la historia de la literatura o la pintura se encuentre, oculta, una historia del delirio. También sabemos que cuando surge, en torno a un delirio equis, un consenso social de proporciones gigantescas, éste pasa a formar parte de la realidad. Por eso no siempre es fácil diferenciar un delirio de un suceso objetivo. Hay delirios tan bien establecidos que el mero hecho de ponerlos en cuestión puede costar la vida al ponente (véase la historia de las religiones).
En definitiva, que hemos llegado a un punto en el que resulta francamente difícil decir «esto es un delirio, esto no es un delirio», como el que dice «esto es una lenteja, esto es una alubia». La banca mundial (incluso la local), ¿es un delirio? Quizá sí en la medida en que adopta muchas características de la religión. Las sedes centrales de los grandes bancos, por ejemplo, se parecen mucho a los templos por la profusión de mármoles y por el respeto que inspiran al creyente (o impositor). Si usted recibiera una llamada, pongamos por caso, de Emilio Botín o de Francisco González, su turbación sería mayor que si se le apareciera la Virgen (tampoco creemos, con excepciones, a los que aseguran que la Virgen les habla). La banca es un delirio tan potente que cuando se viene abajo todos los gobiernos acuden a apuntalarla. No hay forma de dejar de creer en la banca sin que se derrumbe el edificio entero. No todo el mundo va a misa, pero todos nos confesamos con el cajero automático dos o tres veces por semana.
Viene esto a cuento de que ayer mismo, mientras me tomaba el gin tonic de media tarde, un individuo le aseguraba a otro en la mesa de al lado que el «yo» era un delirio, consensuado desde los tiempos más remotos, sí, pero un delirio. Salí del bar con mal cuerpo porque en el fondo me pareció que llevaba razón. El «yo» es un delirio; el «tú» son dos delirios; y el «él», evidentemente, tres delirios. Mundo de locos.

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