Defenderé el derecho de Díaz Ferran, el empresario y presidente de la CEOE al fracaso. Contra el resentimiento hay que levantar la bandera de la claridad: desde sus mismos inicios, inseparable del ensanchamiento del mundo por las largas navegaciones de gente como Balboa, Colón, Magallanes y Elcano, el capitalismo se basó en la codicia de particulares convertidos en hombres de fortuna servidos, generalmente, por dinero ajeno. Eso se ve muy claro en la novela Moby Dick, donde los beneficios, si los hay, de los balleneros que los armadores proveen, son distribuidos de acuerdo con una escala descendente que sitúa abajo a la marinería y sus viudas. El derecho a fracasar del empresario me parece consustancial a su oficio, una vía de aprendizaje, no hay otra. Así que el problema no es la falibilidad de don Gerardo, que se le supone, sino su labilidad; no sus meteduras de pata, sino sus salidas de bombero; no aquello que silencia, sino lo mucho que habla. Decir que él tampoco habría volado en Air Comet es un sangriento pitorreo en los mismos hocicos de miles de usuarios atrapados en los aeropuertos (últimamente, los aeropuertos toman más rehenes que los piratas del Índico). Aclarar que lo había dicho por las huelgas de los trabajadores es una verdadera felonía: sus trabajadores hace ocho meses que no cobran, una huelga me parece una respuesta versallesca. Pero la continencia no parece la virtud del señor Díaz Ferran, pues también dijo no hace mucho que la mejor empresa pública es la que no existe, y lo dice él cuya carrera se inició con la privatización de unas líneas de autobuses que dependían de Arias Navarro, siguió con la entrega —por Felipe y Aznar— de Marsans y Aerolíneas Argentinas y ha continuado de la mano de Esperanza Aguirre —cuya campaña financió y de cuyo gobierno ha obtenido importantes adjudicaciones— y con el culo instalado en un asiento del consejo de Caja Madrid, entidad a la que debe más de 26 millones de euros. Compruebo varias veces mis calificativos y creo que este señor es indigno.