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Cantando las cuarenta

 05:30  

Francisco Mora

Zapatero nos ha metido en la maquina del tiempo y ha apretado el botón del regreso al pasado. Para empezar, se apresta a ponerle puertas al campo de internet, adoptando medidas similares a las de dos regímenes de libertades como los de China y Cuba, con el fin de proteger, dice, la propiedad intelectual. A la religión entendida como opio de los pueblos le pondrá freno con la desaparición de los crucifijos de los colegios. Y nuestra adicción al salvaje espectáculo de los toros quedará erradicada con la utilización de los ruedos para sembrar champiñones. Con tales medidas, los niños de generaciones futuras, si es que la nueva ley del aborto permite que nazca alguno, crecerán ateos y amoldados a los gustos y aficiones que convengan al mando supremo. Con su amplio programa de desintoxicación cultural y religiosa, el hombre de la circunfleja mirada, inspirado por la memoria histórica, puede retrotraernos a la condición de cavernícolas vestidos con taparrabos y quijada de asno en ristre, dispuestos a volver a la lucha fratricida. La paliza a Herman Tersch es un aviso de lo que nos puede ocurrir a los desobedientes y a los políticamente incorrectos.
Los de la ceja, esos artistas insignes cuyo cine y canciones no interesan un pimiento a nadie, han conseguido que Zapatero ponga manos a la obra de enriquecerlos a costa de los internautas. Ya han logrado que los CD y DVD nos cuesten el triple o el cuádruple que en cualquier otro país, gracias al célebre canon que permite a Teddy Bautista y sus compinches de la SGAE vivir como sátrapas. Aunque la ex mujer y madre de la hija de tal elemento sobreviva con la mano extendida a la caridad pública, tocando la guitarra y cantando canciones tristes de Wall Street en la puerta de una iglesia.
Los referidos «artistas» han encontrado la fórmula para forrarse impunemente y sin esfuerzo alguno. A pocos se les ocurre bajarse de internet películas ni canciones de los de la ceja, por la sencilla razón de que unas y otras son sencillamente vomitivas. ¿Por qué entonces tienen que vivir y hacerse ricos los parásitos en cuestión a costa de las películas de Hollywood y las canciones de Frank Sinatra, el Boss, Michael Jackson, Presley, los Beatles y demás lumbreras de la música anglosajona, que es lo que se bajan los usuarios de internet? Ellos, los chicos y chicas de la ceja, sí que están practicando la piratería más sucia conocida, cobrando de lo que trabajan otros, y no los internautas que se limitan a hacer uso de una libertad consagrada en todos los países democráticos del mundo. Esperamos verlos pronto parapetados en sus pancartas —único instrumento de trabajo que conocen—, reclamando para España las libertades de países como China, Cuba y Corea del Norte, que es donde merecen vivir
Ahora que nos toca presidir el supraorganismo europeo, durante los seis próximos meses, seria el momento de dirigir miles de cartas y comunicaciones a Estrasburgo para que Europa sepa hacia dónde quiere conducirnos Zapatero, enmascarado en sus proclamas progresistas bajo la sombra chinesca de la multiculturalidad. Zapatero no bebe políticamente en las teorías políticas más avanzadas del occidente democrático sino que intenta, como decíamos al comienzo, introducirnos en una máquina del tiempo de la que España puede salir triturada y con todas las lacras económicas, sociales y culturales de los peores años del siglo XIX. Una marcha atrás evidente, que anulará los esfuerzos de su propio partido y de todos los que contribuyeron activamente para sacar a España de la inercia de los años de dictadura franquista. Jamás político europeo alguno se había apoyado tan arteramente en un régimen de libertades para liderar una involución tan clara y determinante.
Zapatero se ha erigido en el gran timonel que se empeña en cambiar nuestros gustos, creencias, aficiones e incluso pensamientos. Actuar como lo está haciendo es más propio de un tirano decimonónico que de un político joven y progresista como pretende ser. Si hubiera hecho públicas sus intenciones de convertirnos en una masa amorfa y obediente, jamás hubiera alcanzado los votos suficientes para gobernar. Pero era imprevisible que durante su segundo mandato el ingenuo Bambi fuera capaz de respaldar el ataque a nuestras costumbres gustos y tradiciones, hacernos abortistas por ley y borrar la cruz de nuestra ancestral cultura. También era impensable que propiciara la entronización de la banca como dueña y señora de la economía del país. Y que la única medida que se le ocurriría para hacer frente a la crisis sería regalarles a manos llenas el dinero de los contribuyentes a los banqueros. Ésa es la realidad de Zapatero, a quien sólo defienden ya quienes viven de sus prebendas y sinecuras.

El puyazo: ¡Toros, sí! Poco más podemos hacer ante la embestida antitaurina del Parlament Català. Apenas avisar seriamente, y con la fuerza de la razón que nos da el legítimo derecho a defender nuestros gustos, creencias y tradiciones, que simplemente no nos vamos a plegar a la fascistada de quienes quieren acabar con los toros en Cataluña, y que a sus maniobras nosotros seguimos diciendo «Toros, sí». Lo que no significa que esté en nuestro ánimo obligar a nadie por decreto a que le gusten los toros. Franco convirtió los tauródromos en campos de concentración, terminada la incivil guerra. Y eso no se lo merece ni el manipulador Carod Rovira, pese a que lo que su partido se propone es un ataque a nuestras libertades, que nada tiene que ver con la defensa de Cataluña ni con lo que quieren los catalanes. La de las plazas de toros es para cualquier aficionado una imagen de alegría y libertad. Que conste. Una imagen que no se corresponde con la lucha contra todo lo español que lidera un partido que se autorreclama republicano y de izquierdas. Y que con su inmensa minoría se quiere erigir en representante de una Cataluña en la que no representa casi nada. Pero todo esto ocurre porque tiene cogidos por «do más dolor había» a Zapatero y al catalano-cordobés Montilla, que por seguir gobernando están dispuestos a bajarse los pantalones hasta las corvas, para darles hasta el antifonario a los independentistas catalanes, que son cuatro gatos y peleados.

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