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El ombligo

 05:30  


Pedro López

Cuenta R. Spaemann que, cuando lo vio, le impresionó: «piensa en tu mujer, ¡conduce con prudencia!». Era el cartel adosado a un camión. Tal eslogan, por lo demás, podría rezar de otra manera. Apela a despertar, con un mensaje redondo, a la experiencia de que el otro no es sólo una parte de mi propio mundo, sino que, además, yo soy parte del mundo del otro.
No hace mucho leía un delicioso libro Réquiem por Nagasaki en el que se narra la historia de Takashi Nagai, un médico radiólogo japonés que padeció en sus carnes —y murió unos años después víctima de la radiación— la deflagración de la bomba atómica de Nagasaki. A través de un itinerario personal que recorre la tradición sintoísta japonesa, de origen budista, pasando por el racionalismo ateo, llega más tarde a convertirse al catolicismo. En sus apuntes personales, relata el divertimento que le producía la consideración de un concepto budista, muy válido: la naturaleza intencionalmente pone nuestro ombligo ahí para que lo veamos cada día. Fue puesto como una señal, un símbolo, de que nuestros cuerpos y cada una de nuestras partes están dados como regalos. Es la visión diametralmente opuesta —lo cóncavo es lo convexo visto desde el otro lado— de nuestras dianas aceradas cuando advertimos a alguien de que «¡ya está bien tanto mirarse al ombligo!», o simplemente «no eres el ombligo del mundo». Apelamos, en definitiva, a que la vida es un don, que no nos hemos dado, que hemos de agradecer. Nuestro mundo es pequeño para mí, y muy grande, definitivamente grande, para las personas —que son muchas— que nos quieren. Lo que nos induce a tomar una posición determinada en nuestra vida.
Ya advertía E. Lévinas que la experiencia del otro es imposible para el simple animal. No podría «conducir pensando en que él es importante para los demás». Lo cual, sigue diciendo este autor, supone en cierta medida una experiencia implícita de Dios… de lo inefablemente Otro, para el que soy importante. Fue la conclusión de Takashi. Ésta, digámoslo así, es la posición natural de todo ser humano. Es el otro quien me introduce en el mundo de lo vivo, de lo real, del corazón: sabiduría que no se puede mostrar en un laboratorio. Nuestra existencia no es fruto meramente evolutivo de la materia. Hemos de concluir que, en última instancia, el ombligo me ha sido dado, junto con la racionalidad que lo advierte. No soy una ameba transformada por el tiempo en homo sapiens, sino por medio de la razón divina, como ya afirmara Aristóteles: el chispazo de los dioses, que viene de fuera. R. Spaemann afina: no podemos pensar en la razón como un producto de la evolución, ni siquiera a la evolución como un proceso ciego tras la cual se hallaría la razón —a saber, una razón divina— porque entonces nos encontraríamos frente a un enigma. Estamos ante la ya no puede explicarse en modo alguno de forma evolutiva. Es el misterio insondable del hombre. Es la cuestión definitiva.

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