Me dice un amigo que el mejor día en que podría desatarse el viento en Valencia era el uno de enero, el de Año Nuevo. Todos metidos en sus casas, durmiendo la mona —que se caigan los árboles que quieran, al fin y al cabo es selección natural—, ni un coche por la calle —que vuelen cartones y caigan vallas por doquier—, ni un autobús escolar, ni un policía local para que se le vuele la gorra. Un día perfecto, tu. Lo encargas —«me da una de mucho viento que no haga daño»— y no les sale mejor. Las hojas secas coloreando de invierno el negro asfalto. ¿Por qué hay que barrerlas todos los días…? ¿Cuánto nos cuesta? Es como lo de la lluvia. José Sierra contaba el jueves de su regreso de los pantanos que el temporal, los temporales estos, están descargando donde tiene que hacerlo, en las cabeceras de las cuencas. Allí no se inundan ni los cortijos abandonados. Si esto es el cambio climático, llover donde toca, bienvenido sea.