Si en algo ha habido consenso en la llamada Cumbre del Clima es en que ha sido un rotundo fracaso. Evidentemente no por falta de tiempo, tras el largo periplo preparatorio desde Bali a Barcelona, sino porque los mandatarios más poderosos del mundo no han estado por la labor.
Nos ha dejado un poso de desencanto, pues la cumbre se había convertido en un símbolo de esperanza global, y también en el último examen para los líderes mundiales sobre su voluntad de frenar el cambio climático. Con el fracaso, no sólo se aplaza un año lo que ahora mismo ya era urgente, sino que se confirma la desconfianza hacia un modelo claramente inadecuado para resolver un problema que no entiende de estados ni de políticos. En el nuevo escenario del cambio climático, la perspectiva del estado-nación como unidad de poder decisorio resulta obsoleta. Tampoco la ONU funciona, no ya porque tenga escaso poder fáctico, sino porque representa el mismo modelo: naciones que se alían o se enfrentan en función de intereses creados y no siempre buscando el bienestar de la humanidad. El resultado de la cumbre no ayudará, pues, a frenar el número de refugiados medioambientales, el aumento de los desastres climatológicos o la escalada de los conflictos por los recursos.
Con el fracaso se ha borrado la esperanza de que los políticos que nos gobiernan vayan a hacer algo que de verdad beneficie a la gran mayoría de los habitantes del planeta, y sobre todo a los más pobres, los que más dependientes son de los recursos naturales y de las variaciones climáticas. ¿A quién representan, pues, los mandatarios reunidos en Copenhague? desde luego no a los quince millones de personas que han firmado electrónicamente a favor de un acuerdo ambicioso, justo y vinculante para la estabilidad climática. Una vez más, no hemos sido invitados a la toma de decisiones sobre nuestro propio futuro.
Pero entre las cenizas de la cumbre también encontramos realidades ilusionantes: más que nunca, la defensa de los derechos humanos, la lucha contra la pobreza y la preservación del planeta caminan de la mano entrelazando sus fuerzas y sus argumentos. Las calles de Copenhague no las llenaban sólo ecologistas, en ellas se concentraban decenas de miles de personas de cientos de organizaciones que contenían todos los colores de la solidaridad y de la esperanza. Sólo las manifestaciones contra las últimas guerras habían acrisolado tanta diversidad animada por un único objetivo común: mantener nuestro planeta en las mejores condiciones para que siga acogiéndonos a nosotros y a las demás especies con las que compartimos la biosfera.
Mientras los políticos y todos nosotros digerimos los resultados de la cumbre, Juan López de Uralde, director de Greenpeace-España, y otros tres activistas más se encuentran encarcelados en Dinamarca por mostrar ante el mundo y ante los comensales de la cena de gala oficial, una pequeña pancarta en la que se resumía el pensar de tantos millones de personas: que los políticos ya no nos representan, ya no nos lideran, tan sólo hablan. Con ellos, en la cárcel de Copenhague, andan también prisioneras la libertad de expresión y la conciencia mayoritaria; y también con ellos se encuentra el corazón y la solidaridad de millones de personas del mundo entero.
Doctor y profesor en Bellas Artes