Todos los años nuevos se parecen a los más viejos si no se pone empeño en que sean distintos. Y sería bueno que lo fueran porque según el mejor examen de nuestra situación (y sus perspectivas inmediatas) que he tenido ocasión de leer –La deriva de España del subdirector de «La Vanguardia» Enric Juliana, libro que les recomiendo sin reservas–, es seguro que saldremos de la crisis como un gato muy gordo por la gatera: con penas y dejando atrás muchos jirones del pelaje que fue deslumbrante. Esa maestría para el dominio de las apariencias y la fiesta de los simulacros –grandes aficiones barrocas, españolas–, se basaba en dos pilares que ya cayeron: las ayudas de la UE que desde nuestro ingreso comunitario triplicaron los recursos del Plan Marshall de la postguerra y la burbuja inmobiliaria estallada.
Lo viejo ya lo conocemos: la piromanía que quema coches y contenedores y a veces se le va la mano y a punto está de achicharrar a unas familias de Mislata, los sobrecostes habituales (ahora en el circuito de Fórmula 1), el agua como excusa para no hacer política y agitar los bajos instintos, un Rajoy que puede heredar el reino con sólo tumbarse bajo la higuera y un PSPV «tan en ruinas, tan en ruinas que resulta muy difícil de manejar», según el dictamen del propio Juliana.
Un país que fue capaz de crear una de las sociedades más libres y tolerantes de Europa –también una de las menos educadas y cívicas–, incluso bajo la tutela no solicitada de espadones y purpurados, tiene mucho que hacer si quiere. La educación será fundamental, un cierto patriotismo de la clase dirigente, también. Juliana, que documenta el «emprenyament català» –Cataluña, la primera potencia económica ibérica, es la cuarta en renta per cápita y a veces se les cae el chapado en aeropuertos y estaciones– se atreve a pensar una España federal, incluso una Iberia con Barcelona y Lisboa en los dos extremos de su potente envergadura. Trabajo sin ira, respeto y mucho cuidado con el pájaro de la felicidad: se escapa si tratamos de atraparlo.