EDITORIAL
España se convirtió justo después de las doce campanadas en el primer país que asume la presidencia rotatoria de la Unión Europea desde la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, el 1 de diciembre. Es la cuarta vez que España tiene encomendado el liderazgo de la Unión; lo tuvo dos veces con Felipe González, en 1989 y 1995, y una con José María Aznar, en 2002. Pero, por primera vez en 52 años de historia europea, el presidente del Consejo no será Rodríguez Zapatero, sino el belga Herman van Rompuy, y de la cartera de Exteriores no se hará cargo Moratinos, sino la inglesa Catherine Ashton, Alta Representante de Política Exterior de la Unión.
Zapatero se estrena en Europa tras el año más difícil desde su llegada a la Moncloa y tiene ante sí la presidencia más complicada que España ha asumido. Parte de una posición de debilidad en política exterior después del polémico rescate del atunero Alakrana, la huelga de hambre de la saharaui Aminatu Haidar y el secuestro de tres cooperantes en Mauritania por parte de Al Qaeda. También internamente hay más sombras que luces. España es el segundo país de Europa que más empleo ha destruido y será el último en salir de la recesión.
La presidencia semestral brinda, sin embargo, una ocasión única a Zapatero para influir en la UE y adquirir protagonismo internacional. Leire Pajín, secretaria de Organización del PSOE, calificó la coincidencia de Obama en la presidencia de Estados Unidos y de Zapatero en la UE como un acontecimiento «planetario». Mucho menos grandilocuente, el también socialista Joaquín Almunia, comisario de Competencia, ha dicho que en 2010 «es clave tomar decisiones y preparar nuestra economía para el futuro».
Efectivamente, más que llegar con la ingenua pretensión de cambiar Europa en seis meses, se trata de saber gestionar con habilidad la crisis. El Tratado de Lisboa quita importancia a los relevos nacionales, pero nuestro país puede contribuir de manera decisiva a que las nuevas instituciones funcionen. Mucho más difícil será lograr que la Europa de los Veintisiete afronte de manera cohesionada la recuperación.
Guillermo de la Dehesa, presidente del Centre for Economic Policy Research, explicó recientemente que «para modificar la estructura productiva española hay que reformar el sistema de educación, la contratación laboral y la negociación colectiva». España tiene el triple de universitarios que de titulados en formación profesional, pero ninguna de sus universidades está entre las 150 mejores del mundo y los incentivos para los estudiantes más brillantes y los trabajadores más jóvenes y preparados son francamente mejorables.
Todos los analistas coinciden en que las principales economías europeas y mundiales saldrán de la crisis en 2010. Francia y Alemania son los principales clientes de las empresas españolas y pueden ayudarnos a salir del agujero al tirar de las exportaciones. Sin embargo, hacen falta profundas reformas estructurales y un drástico recorte del gasto público, y Zapatero no parece muy dispuesto a abordarlas con valentía.
España parte con muchos lastres pero tiene ante sí el reto de convertir los problemas en oportunidades. Y lo mismo le sucede a la Comunitat Valenciana, una de las regiones que ha crecido por debajo de la media de España en lo que llevamos de siglo XXI (3,08%).
Lo publicaba Levante-EMV el jueves citando datos del INE. La renta per cápita de la Comunitat Valenciana es el 92% de la media de la Unión Europea, frente al 137 del País Vasco y el 103 de la media española. A pesar del auge desaforado de la construcción, el producto interior bruto (PIB) de la Comunitat Valenciana se estancó en 2008. Y nada hace pensar que vaya a despegar a juzgar por lo declarado por el director general de Economía, Eugenio Monzó, para quien, cual fatal sino, la CV «crece más que otras autonomías en tiempos de bonanza», cosa que hemos visto que no es verdad, y «sufre más en las crisis económicas» por mor de las «características específicas de su tejido productivo».
Un tejido productivo cuya puesta al día están pidiendo a gritos las organizaciones empresariales —AVE, CEV, etc.— al presidente Camps, en el convencimiento, además, de que todo ello vamos a tener que hacerlo con una menor ayuda de la Unión Europea. La Comunitat Valenciana va a dejar de recibir de Europa importantes sumas de un dinero, que no siempre hemos sabido gastar con tino, y habrá que emplearse a fondo en aprender a buscarlo. Bruselas va a continuar destinando fondos a las zonas menos desarrolladas. Pero el apoyo no llegará sin más, como hasta ahora, sino que tendremos que pelearlo y demostrar que nuestros proyectos lo merecen y son competitivos.