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Al azar

La década de las caricaturas

 05:30  

MATÍAS VALLÉS En la pugna por etiquetar al accidentado decenio que ahora se archiva, cumple promulgar la década de las caricaturas. Las tecnologías de la comunicación se asentaron con la promesa de instaurar la verdad instantánea pero irrefutable. En su lugar, han suministrado esbozos de notable pegada. Valga como ejemplo local la portada que El Jueves dedicó a los Príncipes de Asturias —la estructura principesca no arranca precisamente de la modernidad—, y que había despertado escaso interés hasta que fue denunciada. Algo similar sucedió con las doce viñetas sobre Mahoma —un personaje del primer milenio— publicadas por el rotativo danés Jyllands Posten. Contra la sensación de que aparecieron simultáneamente en todo el planeta, emerge la evidencia de que se tendió un paréntesis de seis meses entre el momento en que el periódico convoca a los caricaturistas al grito de «Dibujad a Mahoma como lo véis», y el estallido de una polémica que se tradujo en vidas humanas. A costa de unos dibujos.
La década de las caricaturas de internet no viene medida por una actualidad rabiosa. La red es un frigorífico cum microondas, que mantiene al acontecimiento en hibernación hasta que llega el momento propicio para el estallido. La polémica global requiere todavía una masa crítica, pero se han multiplicado las fuentes para su obtención, con la consiguiente pérdida de poder de la ortodoxia estatal y mediática. Cuando la información supera el tabú de la velocidad de la luz, extermina el localismo pero también la singularidad. No hay originalidad sin origen, los arrebatos de genio sucumben en un mar de imitadores porque el género brota antes que la obra concreta que lo engendra. Desaparecen los creadores, subsiste únicamente el estilo. Por encima de lo que pensaba Nietzsche, la estética ha adquirido ribetes religiosos sin perder ni un ápice de trivialidad. Un príncipe ya no aspira a destruir una comunidad que se resiste a su autoridad, pero Carlos de Inglaterra puede imponer sus criterios arquitectónicos sobre el desarrollo urbanístico de un barrio londinense.
Con la acumulación del conocimiento universal a la distancia de una tecla del ordenador, la honradez intelectual no escasea, sino que carece de sentido. Ante la imposibilidad de labrarse una personalidad, los protagonistas de la década se resignan a presentar una caricatura residual. Por ejemplo, la obra más edificante de Michael Moore es Sicko, donde dinamita la industria sanitaria con estimulante ferocidad. Sin embargo, rodó esa película cuando ya había perdido su crédito de agitador. La caricatura que había explotado tan astutamente se volvió contra él cuando perdió las elecciones norteamericanas de 2004, a las que ni siquiera se presentaba.
El deseo de morir y matar por una caricatura ofrece una panorámica más explícita de la década que el 11-S. Para su desgracia, el fundamentalismo también se expone a la ironía que desprecia sobre todas las cosas. En anteriores décadas, la fatwa contra Rushdie mató a Jomeini, que falleció cuatro meses después de dictarla. En los años cero que ahora concluyen, la réplica de Ahmadinejad a la provocación danesa no implicó derramamiento de sangre. Convocó un concurso entre caricatos musulmanes para que se mofaran del Holocausto. En la otra orilla, Bush conservaba la pistola de Sadam en el cajón de su mesa en el Despacho Oval, y empezaba cada reunión con su asesores exigiendo «¿a cuántos hemos matado hoy?» En la década de las caricaturas, sólo la sangre ha sido real.
La distorsión obligatoria del retrato ha afectado a los estadistas más impecables de décadas anteriores, y cómo no traer aquí a colación a Tony Blair. Cuesta imaginar que el líder equilibrado que sostuvo a un Bill Clinton desarbolado por Monica Lewinsky, arengara después a Chirac —para incorporarlo a la guerra de Irak— con la equiparación bíblica de Sadam a Gog y Magog. El conflicto en Mesopotamia define a una década pletórica de enfrentamientos de origen incomprensible, que empeoran la situación de partida y que restan inconclusos, ya sean Madeleine, las caricaturas danesas o el Alakrana. A la década de Obama en ciernes cabe exigirle un mínimo de concreción y respeto por el detalle.

  HEMEROTECA

  Viñetas de Raúl Salazar

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  El humor gráfico de Ortifus

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