Me levanté el día uno de enero con la ilusión del concierto de Año Nuevo, único ritual que mantengo en estas fiestas. Pero antes del evento cometí el error de leer los periódicos. Y aunque se tratara de algo ya sabido, el enorme protagonismo de la noticia me provocó el primer escalofrío de la nueva década. «Zapatero asume el reto de sacar a la Unión Europea de la crisis», decía un titular amigo. Pobre Europa, pensé, y solté una carcajada, la primera también de la nueva década. Zapatero viene demostrando muy bien su incapacidad para sacar a España del pozo. Que se convierta ahora en el presidente de una Europa que empieza a despegar, es una notable paradoja, o una peligrosa temeridad. ¡Menudo roscón de Reyes le ha tocado a la UE! Según todas las fuentes, menos los surtidores de la Moncloa, España será el último país en recuperar el pulso económico. Nada puede enseñar Zapatero a sus colegas continentales, para salir de la crisis, y más le valiera aprender algo de ellos, aunque no sea Ése su estilo. Lo mejor será que los europeos no corten el roscón, a ver si les sale una burbuja inmobiliaria o un megaestallido de paro.
Qué pesadilla de Zapatero en Año Nuevo, aguándome la fiesta del Danubio Azul y las polcas vienesas. Quién me manda a mí leer la prensa tan temprano. Pero la democracia tiene también sus perversiones. Una de ellas, que se vende a veces como una gran conquista, lo cual me parece una necedad, es que cualquiera puede llegar a presidente del gobierno, como es el caso. Yo mismo, que carezco del sentido de lo colectivo y que además me levanto normalmente a la hora de comer, podría hacerlo igual de mal, si se me diera la democrática oportunidad. Maestro en el arte de hablar y no decir, confieso que en ocasiones me quedo clavado ante el televisor escrutando los lugares comunes de Zapatero, su catálogo de obviedades, por si acaso pudiera descifrar algún día un enigma inteligente, la pócima asesina de la crisis, un acróstico contra el paro.
Desde hace más de dos años, Zapatero anuncia cada semana que la crisis amainará el trimestre siguiente, sin mover un músculo ante la magnitud de su reiteradísima impostura. El presidente se parece mucho a un «reallity»: lo único que importa es el éxito inmediato de audiencia. El «show Zapatero» se adapta y se corrige sobre la marcha, en función del dato del «share» de la semana anterior. Lo importante es el talante, no el talento, lo que cuenta es la apariencia, no los hechos. Al fin y al cabo, la velocidad de la información hará que cualquier declaración, por imprudente o falsa que resulte, termine rápidamente olvidada, engullida por la siguiente comparecencia. Las opiniones de Zapatero sobre las crisis son de un simplismo modélico, casi «naïf», pero qué más da, si ya nadie recuerda nunca nada, si estamos con José Luis en el país de las maravillas y de Belén Esteban.
Zapatero y la televisión han suplantado a la realidad. El de la Moncloa vive su propia ficción, que nos lleva directo al precipicio, pero mientras tanto gana tiempo. Su optimismo puede irritar a algunos, pero a mí me distrae mucho en la hora de los telediarios. Porque las catástrofes tienen también su poética, pertenecen al orden natural del mundo, y total, si Zapatero no acaba con España, ya lo hará más adelante el cambio climático, o una lluvia de meteoritos. El discurso admonitorio y esperanzador del presidente queda un poco cristiano, otra paradoja, viniendo de un descristianizador de manual. Y por eso mismo conforta muy bien a la mayoría del personal que sigue poniendo belenes, lo mismo que los concejales socialistas de los pueblos acuden como Dios manda a las procesiones de Semana Santa.
Claro que, un buen día, esta crisis, de la que nadie sabe nada, empezará a remitir, sin que Zapatero haya puesto remedio alguno, o quizás por eso mismo, por una imprevista recomposición del caos. Y entonces el presidente se cargará de razón. No es mala táctica jugar con el azar, cuando realmente no se sabe cómo actuar. Y desde luego en un «reallity» televisivo, que es de lo que se trata, no habría color entre la pirotecnia optimista de Zapatero (café para todos; mañana pensaremos como pagar la factura, como diría Escarlata O´Hara) y el pesimismo militante de Rajoy.
El concierto de Viena no me hizo vibrar como otros años. Se ve que no tenía yo el cuerpo para valses, y no se me iba de la cabeza la amenaza global que supone para Europa la presidencia de Zapatero. La imagen abismal de este José Luis hundiendo al viejo continente en sólo seis meses, me agrió el Dom Perignon con trufas que suelo tomar para comenzar bien el año. Y cuando al final sonó la «Marcha Radetzky», esa cumbre de lo habsbúrgico, me asaltó la visión de Zapatero montando los cuatro jinetes del Apocalipsis, como al principio de la novela de nuestro Blasco Ibáñez, asolando Europa con su banalidad, su charlatanería, su necedad y su manifiesta incompetencia.