Tenemos una larga lista de partidarios y de contrarios. Los contrarios piden la abolición, supresión o prohibición de las corridas de toros, aquí, España, acullá, en Cataluña/Catalunya, y en donde se tercie. Los partidarios hablan de lo de siempre: fiesta nacional, animal nacido para un fin único, morir torturado en un coso, etcétera. De estos últimos, algunos se apoyan en textos clásicos de la literatura española y universal; los otros, también. Los menos atrevidos de los partidarios hablan de pérdida de puestos de trabajo: ¿dejarían de ganar menos los toreros por indultar al toro?
Hay un morbo sagrado y milenario, cretense, que apoya la función y disfunción de todo esto. Hay una especie de fulgor y de fragor irracional en ambas partes. La objetividad se pierde cuando el que habla, escribe o pontifica se convierte en partidario o supresor. Nadie tiene razón porque no la busca. Nadie quiere saber de razones porque es difícil encontrarlas. En el caso catalán, las cosas se enturbian más porque existen fiestas populares en esa nación (sí, qué pasa, nación, país o lo que quieran) que son tan brutales y/o tan esenciales como los toros, ¿por qué no se presentan iniciativas populares para prohibirlas? El pueblo catalán lo sabrá. En el mientras tanto, los demás reímos por no llorar, pues el mal no está en el efecto sino en la causa, y ésta se pierde en la noche de los tiempos, en el milenarismo de nuestra sustancia como seres humanos. Si la cosa es tan dura y, al parecer, tan española, ¿por qué no hay una iniciativa similar, por ejemplo del PNV, en Euskadi? ¿O en Navarra? ¿O en el País Vasco francés? ¿O en Perpiñán? Todo es absurdo como sus propios nombres indican: corrida de toros, fiesta nacional... Una vez más, las naciones y las patrias van unidas a la sangre. Jorge Guillén tenía razón, y Ortega, en su despilfarro retórico taurófilo.