En realidad, Valencia se ha transfigurado en la Ciudad del Espectáculo. Ha poseido, a lo largo de su historia, muchos títulos. Unos honoríficos y otros reales. Desde que reina el PP, sin embargo, no puede concebirse otra credencial, ni mayor pieza descriptiva, para las reiteradas apoteosis de brillos y colores, que viene sufriendo, sobre sus vértebras, todos estos lustros. Aunque los grandes eventos apenas laten en Castelló ( y para qué, coges el coche y en media hora desembarcas en Valencia) y sólo lamen de pasada Alicante (la Volvo Ocean les despertó de su victimismo terrorífico), su pirotecnia irrefrenable se extiende por toda la Comunitat Valenciana. La Ciudad del Espectáculo se identifica con el mapa de la CV, pero Valencia, claro, refleja su síntesis perfecta, con permiso de sus confines heterodoxos (los de la CV), a los que suele devorar. No hay tiempo para el multiculturalismo o la dispersión.
Como en el mismísimo Dubai, o en el Abu Dhabi visitado por nuestro presidente, no importa tanto la rentabilidad de los continuos acontecimientos como la propaganda que puedan diseminar en el mundo mundial. Al PP le ha faltado, durante estos años, coronar sus diplomas en el extranjero con un apetitoso icono, al igual que el emir Mohamed bin Rashid Maktoum se ha sacado de la manga ese rascacielos inverosímil que admira el planeta. ¿Es rentable el figurín de 828 pisos? Probablemente, no. Y tampoco, necesario (los rascacielos se elevan donde faltan metros y el desierto está lleno de ellos). Pero los espectáculos se miden por la excepcionalidad, la rareza, la singularidad, la filigrana y el virtuosismo. Para que nos reconozcan en el universo habitado, y quizás también en el cósmico, el presidente Camps y la alcaldesa Rita se suben a los Ferrari, que ya son, para los valencianos, como de casa, o se encaraman a los barcos de carreras, u observan como cruzan Cheste los bólidos terrestres, o plantan un Ágora de Calatrava de enigmáticos usos para jugar una partida de tenis. (Si la esfera armilar ya no constituye un anhelo es por un azar del destino).
La mejor ilustración para ese orden apenas ordenado por el que transita la Ciudad del Espectáculo es la que podría dibujar un grupo de niños, como sucede en los Emiratos Árabes, donde el juego de las maquetas del emir permite instalar una caprichosa torre gigantesca o crear islas artificiales para asemejarse a los dibujos animados. Sólo que en aquel renglón entre el Índico y el Territorio Vacío hay dinero, y abundante, mientras aquí la deuda germina ante los millonarios Ecclestone y Bertarelli, a los que hay que pagar.
En fin, la Ciudad del Espectáculo es volátil, efímera, fungible. Posee la caducidad de una falla (y acaso el fulgor de la pirotecnia). Por eso alimenta tanto el espíritu de los valencianos, como constantan las urnas cuando la democracia nos permite visitarlas. La semilla la sembró Zaplana con Terra Mítica, un espectáculo en sí mismo, de espejismos «peplums», que destila déficits económicos insuperables. Y suma y sigue. Sólo que lo efímero, en ocasiones, se perpetua. Recordemos lo que sostenía la progresía local, y algunos doctos universitarios, en los setenta, sobre la Ford de Almussafes. Que era desmontable y huiría en menos de un lustro dejando un páramo inhabitable en el paisanaje. Después de treinta años, ni siquiera brota la melancolía por el insulso naranjal arrasado. La Ciudad del Espectáculo tiene mecha –y ruidos y gases y velocidad y pelotas y barcos– para rato. Es el deporte del PP. Que aquí es sinónimo de política.
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