Como no parecemos muy dispuestos a asumir voluntariamente medidas de ahorro energético —¿y cómo vamos a estarlo si al bajar la venta de automóviles nos subvencionaron su compra?—, creo que los líderes morales de Occidente, o sea los Estados Unidos, han decidido hundir las líneas aéreas para compensar. Los aviones modernos son imponentes sopletes lanzados contra la costra churruscada de nuestro planeta, que ya está para comérselo. El calentamiento global puede ser la última excusa para putear al prójimo. O las medidas de protección contra el terrorismo: registros, escáneres y dedito en el culo. Los defensores de los derechos civiles se han alarmado (acabo de ver una pintada en El Ferrol: «Feliz 1984»), pero la mayor parte de la gente encara estas cosas con un pensamiento práctico: pasaré por lo que sea con tal de ir a Disneylandia, que ya lo tengo pagado. Sin contar con los que se alegran: en cada vuelo hay un hombre de la gabardina y una Emmanuelle —hay que fijarse—, el avión es un poderoso afrodisíaco si no llega una azafata gruñona y te corta la bola.
Si las infinitas compañías aéreas que aparecieron tan irresponsablemente como moscas en el verano, desaparecen con la misma facilidad que esas moscas proverbiales y al parecer igualmente libres de obligaciones (a Air Comet no le quedaba un duro, pero Air Madrid estaba forrada. Dio igual, el resultado fue el mismo: patada en el culo del pasajero), ahora, además, ofrecen un catálogo completo de humillaciones, nosotros, ciudadanos a los que no nos va ni el cuero ni el látigo, tomaremos el tren a Finlandia, como don León Trotsky. EE UU ha elaborado una lista de países cuyos pasajeros se someterán a registros especiales. Si tienes cara de moro y te detectan un bulto sospechoso (y encima no hablas inglés fluido), no doy un duro por tu jeta, aunque el bulto sea un tumor maligno y vayas a la clínica Mayo. En esa lista está Cuba, cuyos agentes no suelen inmolarse en nombre de Alá, pero el imperio, es el imperio, así pues: ¡Viva la Federación y que la Fuerza nos acompañe!