Desde aquella torre bíblica, la humanidad no ha avanzado, y el poder se sigue midiendo por la altura de una torre. Da igual que se trate del poder feudal o del de una gran corporación de hoy. Desde la lejanía, las torres medievales que compiten por el poder en San Gimignano dibujan una línea demasiado parecida a la de Nueva York. Una ley no escrita, sobre los ciclos económicos: cuando esté a punto de elevarse a lo más alto la torre que remata el máximo esplendor de la codicia y la soberbia, el ciclo habrá cambiado ya, y la nata del soufflé estará deshinchada. Mientras se inauguraba la gran torre de Dubai, en los corrillos de invitados se cuchichearía sobre problemas en los cimientos financieros de las grandes corporaciones del lugar y una extraña vibración recorrería los ánimos. Esos inquietantes cuchicheos de los mercados vienen a ser el equivalente a la confusión de lenguas.