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Parados

Rafael Torres

 05:30  

Las cifras, con ser asombrosas, apenas consiguen representar la magnitud de la tragedia: cuatro millones de ciudadanos en paro, más casi uno y medio en cursos de formación, más el número indeterminable, pero seguramente alto, de los inmigrantes que trabajaban «sin papeles» y, hoy vacantes, no computan en el sombrío estadillo. Si la tragedia es doble, social y personal, en este segundo aspecto se multiplica, a su vez, por cinco o seis millones. La cifra resultante deprime a quien, conservando su empleo, la oye en la voz de los locutores de radio, o la ve inscrita en grandes caracteres en las portadas de los periódicos o en los sumarios de los informativos de televisión. Pero ¿en qué clase de depresión se sumerge el que, habiéndolo perdido, se encuentra fatalmente integrado en ella? Desde dentro de esa cifra, hundido en el magma de los cinco millones de brazos, destrezas e inteligencias sobrantes, el ciudadano sin empleo, si joven por joven, si viejo por viejo, contempla hoy el año que recién empieza y ve en él un campo minado.
En los campos sembrados de minas, y en tanto llegan los zapadores, no puede uno moverse, a menos que quiera arriesgar lo único que, en puridad, le queda, esto es, la vida. Y eso es lo que les ocurre a las personas que, no sintiéndose reclamadas para el trabajo, querrían moverse en cualquier dirección para ir en pos de él: no pueden moverse. No hay trabajo. Ni al Norte, ni al Sur, ni al Este, ni al Oeste. Inmovilidad e impotencia. Espera y desesperación. De ese campo minado del inmediato futuro no se ve aflorar, por lo demás, ningún brote verde. De ese légamo del subsuelo productivo nacional, escombrera del turismo, de la especulación y del ladrillo loco, no cabe esperar, por pura consunción de la tierra, nuevas cosechas. Barbecho permanente. Y tampoco hay caridad en esta tierra, es decir, solidaridad, empatía, manos tendidas, capas de San Martín, apoyo mutuo. Los años de fantasmagóricas vacas gordas nos dejaron un corazón duro, impermeable, egoísta. La familia echa una mano, y, en casos excepcionales, algún amigo. El resto del paisaje que rodea al parado, a cada una de las cinco millones de personas sin trabajo, es un paisaje yerto hasta donde alcanza la vista. Un campo minado.

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