Ha comenzado un nuevo año. Vienen los buenos deseos. Nos felicitamos. El tiempo inexorablemente transcurre. Las hojas del calendario van cayendo. Los ritos ancestrales nutren el tránsito anual. Nuestro imaginario colectivo se llena de esperanza. En un instante, un beso cercano nos lanza hacia el futuro inmediato, que acaba de comenzar. La pregunta surge espontánea en nuestra mente: ¿Qué nos deparará 2010? Una rápida mirada hacia atrás nos llena de inquietud y nubla nuestro estrenado optimismo. Demasiados cabos sueltos en todos los ámbitos. No es el Apocalipsis, pero tampoco podemos dejarnos llevar por las legítimas alegrías infantiles de los Reyes Magos.
En la esfera internacional, el terrorismo sigue aumentando y expandiéndose hacia nuevos territorios. Unos cincuenta conflictos bélicos abiertos continúan como volcanes en plena erupción sangrando los cinco continentes. El Planeta sigue pidiendo justicia, pero sus causas no parecen ser escuchadas por los grandes de la Tierra. Y la brecha entre los países pobres y ricos se va ensanchando. Este panorama supone unos retos globales frente a los que no tenemos respuestas claras globales.
En nuestra cercanía, iniciamos la co-presidencia europea. En plena crisis, y sin vislumbrar claramente el final del túnel. Nuestro gran problema : el paro. El drama de miles de seres humanos y sus familias, que no encuentran motivos de esperanza bajo ningún punto de vista. España no había solucionado ese tumor estructural de su economía. En cuanto ha surgido la dificultad de nuevo ha aflorado con virulencia. Es necesario parar la metástasis. El ladrillo había maquillado el problema. Según una reciente encuesta, una nueva contrariedad ha aparecido en la mente de los españoles: la clase política. Quienes están llamados a solucionar los problemas de los ciudadanos se han convertido en un problema. Esta es la paradoja. La percepción que los ciudadanos manifiestan de los políticos es nefasta. Preocupante. La visualización mediática de la corrupción está logrando socavar ese pacto de confianza entre el ciudadano y sus dirigentes.
En nuestra Comunidad Valenciana, más de lo mismo. De nuevo el discurso del agua se vislumbra en el horizonte político como punta de lanza del gobierno del PPCV para llegar al final del curso político indemnes. En la oposición, los socialistas esperan como agua de mayo –una vez más el preciado líquido- nuevas filtraciones del caso Gürtel para atacar el flanco débil del gobierno. Y, mientras tanto, evento tras evento nos transportan a un universo de gloria y triunfo, perfectamente aderezado por Canal 9. Al final estamos en la mejor de las Comunidades posibles. El mundo mundial está mucho peor que nosotros. Y si algo no va bien es culpa de Zapatero. Y los del metro, llueva o nieve siguen todavía ahí el día 3 de cada mes. Parece mentira.
No todo es negativo. Estamos vivos y cabalgamos. Pero sobre todo en España y en la Comunidad Valenciana necesitamos políticas sociales serias y comprometidas para hacer frente a los múltiple problemas del paro. Y mucha solidaridad ciudadana.
Profesor en la UNED