Bien está llamar a las cosas por su nombre y lo que se hacía en El Cabanyal-Canyamelar-Cap de França, es decir en los barrios de más aire del grao capitalino, era un expolio. Josep Renau solía decir que la verdad es revolucionaria: no creo que llegue a tanto, basta con que sea útil y liberadora. Un expolio que, antes de ser declarado por el gobierno de la nación, ya estaba acreditado por el consejo superior de los colegios de arquitectos de España y por la Real Academia de Historia, entre otras entidades que emitieron dictamen contra la prolongación de Blasco Ibáñez, que dividiría lo que siempre estuvo unido causando una irreparable esquizofrenia. La esquizofrenia es una herramienta de gran utilidad política: decir una cosa y hacer la contraria, decir que esos barrios son un bien de interés cultural y asolarlos.
La reacción de la alcaldesa Rita Barberá ha sido épico-lírica. Lírica porque dice que es otra maniobra de quienes pretenden que Valencia siga viviendo de espaldas al mar (no querida, le damos la espalda a otra cosa, de ahí el peligro para nuestra honra). Épica porque dice que si la propia ley de los suyos le para, cambiará la norma, el caso es llegar al centro de esta Viena con el hacha en alto. Siempre dije que el problema de Rita es un exceso de fe: debería practicar el básquet o los cien metros valla, o lo que sea para serenarse un poco.
Un expolio que no deja de serlo por mucho que lo aclamen las multitudes. Las multitudes podrían aprobar la venta de Bellas Artes para sufragar el fichaje de Cristiano Ronaldo. Y una ciudad no es una agregación de casas mejor o peor aliñadas, sino el valor del esfuerzo compartido y el sentimiento de pertenencia, como hubiera dicho Albert Camus. Antes del dictamen gubernativo las excavadoras ya se habían parado en El Cabanyal: porque no quedaba un euro en las alcancías de estos manirrotos, no por falta de ganas. Ahora El Cabanyal necesita restauración y policía, al menos para que ninguna otra mujer tenga que ser violada, apaleada y desdentada como acaba de ocurrir.