Damos paso ahora a una de las secciones más bonitas, a los anuncios, de verdad que son estupendos y te dan un montón de pistas, decía con la sonrisa torcida apretando los labios Ana Rosa Quintana en su regreso el jueves al curro, aunque ni en vacaciones nos deja en paz, ya como carismática ausencia, ya como vendedora meliflua de colonias. Cuando la dama ríe así, apretada y picarona, es como la monja que se permite ante sus hermanas decir caca, y hasta pito. Qué pillina. Ha venido fuerte en su regreso, pisándole los talones Susana Griso. Las dos trataron en profundidad, en sus tertulias políticas, la conveniencia o no de que la princesa Letizia repitiera atuendo en el acto de la Pascua Militar. Tampoco escapó al análisis riguroso la vestimenta de Carme Chacón. Las dos señoras, cada una en su estilo, unidas por el mimo espíritu, desafían a diario los límites del cabañal.
Como Rita Barberá, dura amazona que subida al tractor jura ante la laca cementera que ella sola es capaz de tirar el barrio valenciano, y que una mindundi como la ministra de Cultura no detendrá el sueño de las apisonadoras para dejar el Cabanyal lisito como la piel de un bolso caro. Jesús Calleja, de ambición más modesta, sólo acomete desafíos humanos junto a un puñado de aprendices montañistas. Con ellos llegó al límite de las fuerzas al Monte Sin Nombre, una cumbre a 6.060 metros en el Himalaya. Todos ganaron, pero fue Jonathan Pérez, el joven que parecía tener menos cualidades, el que asombró a los especialistas y a los compañeros, que lo nombraron ganador del programa de Cuatro. Vi al grupo de aprendices subiendo las laderas heladas como un reto personal. Hasta que Rita no se rape el cardado como Aramís Fuster no me
creeré que está dispuesta a todo.