Uno se convence de que el mundo avanza cuando se recrea en la iluminación navideña de tres grandes ciudades de nuestro país —Valencia, Barcelona y A Coruña— y constata que ya se abandonó la bombilla a granel a favor de los leds y las guirnaldas de verbena por una elegantísima lluvia de chispas moradas como la purple rain de Prince. Podría tratarse, sin embargo, de un espejismo. La policía eslovaca introdujo en la maleta de un connacional con destino a Irlanda, una partida de explosivos de verdad con tal de comprobar la seguridad de los aeropuertos. La policía eslovaca no sabía que existen las pruebas indiciarias, los objetos simbólicos, como las bolas rojas y negras, la policía eslovaca, a lo que parece, no ha descubierto la metáfora y, en consecuencia, podemos considerarla prehomérica.
Es lo que pasa con las hambres, ya sean de alimento o amor propio. Al día siguiente de la Epifanía acudí al súper para comprar unas cositas y vi los carritos a rebosar ¡Y yo que creía que tras los pasados excesos abrazaríamos todos alguna forma de sobriedad! Por cierto que sigue acechando en un rincón de mi salita una caja de polvorones de dos quilos. Si un polvorón tiene la capacidad de obstruir la faringe por todos conocida, pueden suponer la amenaza que supone semejante acumulación, estoy por llamar a los geos para que los explosionen.
Es lo mismo que le pasó a Juan López de Uralde, el director de Greenpeace y sus compañeros ecologistas detenidos en Copenhage y ahora en libertad provisional con cargos, que siguen preguntándose qué clase de exigencia se satisfacía manteniéndolos en presidio varias semanas, incomunicados y en celdas sin ventanas. Y todo por colarse en un sarao real sin invitación. Me temo que a la civilizada, caritativa y moderna Dinamarca, le han tocado las partes pudendas del orgullo coronado. Siempre he dicho que en Europa es peligroso ser patriota de cualquier cosa más pequeña que la propia Europa. Intenten ser felices y esfuércense en ello ¿Hace un polvorón?